CONJURO SELECTIVO

 

 

Tratemos de recordar. Volvamos a la mágica escena de la oriental puerta de piedra, que se abre al pronunciar Ábrete Sésamo, palabras formuladas por los personajes de Alí Babá y los 40 ladrones, una de las tantas historias de ese vademécum de alfombras, arena y hechicería que es Las mil y una noches, cuya temática trascendente que hilvana los sucesos podríamos decir que es la del poder inmemorial del contar.

Esa puerta que abren los ladrones de la historia, y que luego abrirá copiando Alí, se produce a partir de la emisión de un sonido, de palabras que recorren los aires y las épocas y con las cuales se puede ajustar un punto nodal en la magia, la superchería y la religión. Ábrete Sésamo es lo mismo que Abracadabra, que en su acepción aramea (avrah kahdabra) significa “yo creo como hablo”, o el más directo “decir con hacer”. En la historia de Alí Baba, decir el sonido, que son los vocablos, hace que la puerta se corra.

Las narraciones de la India, Irán, Indostán, compiladas como libro de Las mil y una noches, recién a fines del siglo XVIII, en Francia, poseen una antigüedad mayor a la vida de ese otro personaje central, que define y divide las aguas (metafórica y literalmente) de uno de los libros (otra compilación de historias) más importantes de nuestra cultura. Nos referimos a la Biblia, cuyos mojones han parcelado la historia: Antiguo y Nuevo Testamento. Vayamos al inicio del primero. Al libro del Génesis. Cito: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas. Entonces Dios dijo: “Que exista la luz”. Y la luz existió. Dios vio que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el primer día”. (Cap. 1, Vers. 1-6. Ediciones Paulinas). Así se hizo la luz, separándola de las tinieblas. Pero subrayemos un dato: en ese “soplo creador”, se establece la división que ahí, en el inicio, se precia de estar unida, la Palabra/Sonido con la Acción/Movimiento, que la antigua filosofía occidental, la del lenguaje bastante después, intentarán explicar, indagar.

Dios, en el libro magno, hace diciendo. La palabra genera movimiento, más allá del que produce el temblor de las cuerdas vocales divinas (en su versión antropomórfica). En el inicio del Génesis, surge un torbellino -imagino- atmosférico que separa entidades. Dios es un mago que con su abracadabra logra separar paja de trigo, aunque al principio las muestre juntas. Si la palabra es acción, si la mera pronunciación genera acción, estamos en el terreno de una alquimia lingüística, de lo mágico, y por lo tanto, de lo precientífico o irracional. Siguiendo tal sendero, podría decir Abracadabra y podría, como Alí, mover el mate que acabo de dejar en la mesa, o abrir la puerta del baño, ya que, desde un origen, desde el Génesis, la palabra no solamente “nombra”, “dice” sino que “hace”. En el cuento oriental, en las noches 672 a 690, Alí Babá, escondido, al ver cómo el capitán de los ladrones logra -con esos Ábrete y Ciérrate Sésamo-, mover la puerta, copia, dice esas mismas palabras mágicas y consigue el mismo resultado, accediendo a los tesoros que hay escondidos debajo de la tierra.

Si primero fue el Verbo, hay una complicación y una discusión ¿irresoluble? que, entre tantísimos otros, Platón, Hermes Trismegisto, Lewis Carroll y Jacques Derrida, han sondeado desde diversos ángulos y con diferentes objetivos. En un análisis básico de oraciones, el verbo corresponde a la acción. Una de las cuestiones es verificar si la acción primigenia excluye a su vez la nominación, la integra, o si son dos entidades paralelas pero que jamás se interconectarían. Si al principio fue el Verbo, sabemos que la acción es muda; la palabra “agrega”, “mueve”, “limita” ese movimiento que llamamos acción. Pero en los libros sagrados, en la Biblia misma, el Verbo posee las dos cualidades: palabra y acción.

Junto a la historia de Alí Baba, por ejemplo en la noche 340, se narra la del príncipe Zeyn Aasnam y del rey de los genios, donde en un momento, leemos: “Después de haber dado sus instrucciones al príncipe, Mobarec empezó a hacer sus conjuros. Al punto quedaron deslumbrados por un relámpago, que fue seguido de un trueno; la isla quedó en tinieblas, se levantó un viento furioso y oyeron un grito tremebundo. La tierra se estremeció del mismo modo que Asrafyel debe hacerla temblar el día del juicio final”. (Volumen III, de la versión alemana de Weil). ¿No es Mobarec un émulo divino, que corre y descorre nubes, sombras, y hace con pronunciar ese conjuro?

Corriéndolo, ese Abracadabra no solamente definió núcleos de la trascendencia divina en pliegue con sus posibilidades terrenales, como un Dios que jugara a los dados y que, a pesar de cómo caigan, siempre los tira él; esa palabra, ese desprendimiento, esa bifurcación del hacer versus el decir, fue relegado, para constituirse en privilegio de los textos canónicos y sus hacedores divinos, de las religiones oficiales, dejando en el lugar de superchería, conjuro, brujería, a quienes osaran copiar a ese primer brujo, canonizado, institucionalizado por su propia práctica. Si Dios dice, y con eso hace, o el propio Jesucristo para los más terrenales[1], una bruja que mezcle elementos y lance palabras para provocar la aparición del fuego, no es algo muy distinto. Sabemos igualmente cómo les fue a las hechiceras y a quienes osaron penetrar en esos arcanos, no tan misteriosos cuando los practicó la religión establecida, su enfático líder o sus predestinados e indiscutidos sacerdotes.

Olga Orozco, quien ha buscado con la palabra llegar al origen, hace poesía experimentando que la disociación entre superchería, esoterismo y religión, provienen de un mismo magma; la oficialidad relega sus propios métodos condenándolos de paganos tras ser ejercidos por quienes no estaban bajo su paraguas institucional, fuera del dogma; era una herejía que lo intentaran, aunque jamás consiguieran sacar una chispa; su Dios, no sólo que pudo, sino que lo hizo. Habla Orozco:

 

He aquí el pequeño guijarro recogido para la gran memoria.

De este lado no es más que un pedazo de lápida sin inscripción alguna.

Y sin embargo desde allá es como un talismán que abre las puertas de mi vida. (Sol en Piscis, en Los juegos peligrosos)

 

Que Alguien haya separado la luz de las tinieblas con sólo decirlo, que haya podido reunir las tierras y las aguas únicamente con decirlo, no es magia, sino que se erige como un versículo que funda y ennoblece el principio de la religión revelada. Veamos que la fuente de donde proviene el caos semántico y el ordenamiento concreto de la realidad tiene un mismo patrimonio, una misma esencia, pero diferentes formas de clasificación.

Jacques Derrida intenta corroborar, en ciertos tópicos de su teoría de la deconstrucción, que la escritura esconde siempre un sentido diferido, flotante, ausente pero presente. Llega a encontrar que en la fuente filosófica occidental, la escritura primó a través de ciertas palabras marcadas (y antes habladas) que se constituyen como muros de sentido último que es imposible traspasar: Dios, Alma, Hombre, Verdad, etc. En La escritura y la diferencia, expone: “El sentido no es ni anterior ni posterior al acto. ¿No es lo que se llama Dios, que afecta de secundariedad a toda navegación humana, ese pasaje: la reciprocidad diferida entre la lectura y la escritura? Testigo absoluto, tercero como diafaneidad del sentido en el diálogo en el que lo que se empieza a escribir está ya leído, lo que se empieza a decir es ya respuesta. A la vez, criatura y padre del Logos” (“Fuerza y significación”, en La escritura y la diferencia.)

Lo que se dice ya es respuesta, y esa respuesta es lo que llamamos acción. La cuestión es similar a la del niño al que mandan a dormir temprano, pero que llega a observar que el adulto se queda despierto hasta tarde haciendo las cosas que a él le prohibieron, por ejemplo mirar televisión. La magia y los conjuros, las palabras hacedoras, valen para los dioses engendrados sobre institucionalidades colectivas y fuertes en su verticalidad, pero no para las esotéricas y aguileñas narices escondidas de mujeres (y no es casual que agregue: mujeres) que intentaban llegar a esas experiencias increíbles a las que habían accedido sus mayores eslabones espirituales. Porque volvemos al símbolo diabólico: la brujería no busca destronar lo establecido, sólo repetirlo; hay una diferencia de grado entre destruir algo y querer copiarlo. Una cosa es el odio, otra la soberbia espiritual[2], a la que Milton le ha dado voz como nadie en El paraíso perdido.

En la filosofía hermética, proveniente de Egipto sobre todo, compilada en lo que se conoce como el Kybalion, se nos dice que el principio de vibración reúne sonido, intensidad y efecto. La palabra es sonido y ese sonido es vibración, lo que origina o desvanece lo generado por el sonido: “Cada pensamiento, emoción o estado mental tiene su correspondiente intensidad y modalidad vibratoria. Y, mediante un esfuerzo de la voluntad de la persona o de otras, esos estados mentales pueden ser reproducidos, así como una nota musical puede ser reproducida haciendo vibrar las cuerdas de un instrumento con la velocidad requerida, o como se puede reproducir un color cualquiera.”  (Capítulo IX. Vibración. El Kybalion). Hace su aparición la música, considerado el arte más perfecto. ¿Será que los alquimistas, Paracelso, Dios mismo, hizo música al crear lo que existe, calcando con la palabra el sonido dormido que por ejemplo contiene una montaña? ¿Los nombres contienen el ritmo de las cosas, como una nota musical lleva su propia descripción, autonomía y agotamiento?

Nos caemos y levantamos en el lenguaje. Podemos ser brujos de nuestra propia condición. El desprendimiento de los mismos estímulos creadores pertenece al campo de la historia del esoterismo y la religión; aunque siempre hay un patio del fondo en donde guardamos las herramientas que nos sirvieron para erigir la casa. Nominar es descartar lo que no formará parte de la momia lingüística que va envolviendo nuestro mundo en cada época. Pero, a tener cuidado, porque, como escribe Orozco: “Una palabra oscura puede volver a levantar el fuego y la ceniza” (Para ser otra, en Los juegos peligrosos).

 

 

[1] En la multiplicación de los panes y peces, leemos: “Entonces él tomó los cinco panes, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran (…) Los que comieron eran cinco mil hombres. (Marcos 6, 41-44. El subrayado es mío.)

[2] Recordemos las palabras del malvado brujo Gargamel, quien repetía  a los Pitufos: “Los atraparé, los atraparé, aunque sea lo último que haga, lo último que haga”. Se ve que el pobre Gargamel no tenía esa cualidad del Abracadabra: no puede “atraparlos” con “decir que lo hará” ni siquiera por repetición; no era tan mago, o le faltó preparación.

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