Cómo me desprogramé del culto a la emprendeduría y la innovación

A fines de septiembre se cumplirán siete años desde que me mudé de manera algo intempestiva de mi ciudad natal, Córdoba, Argentina. Con la excusa de cursar un máster y con bastante despecho sentimental y laboral a cuestas, me compré un vuelo sólo veinte días antes del despegue, lo que hizo que tuviera que planificar todo mi futuro en poco más que dos semanas. Esta actitud tan sensata y contemplativa es lo que ha caracterizado mi toma de decisiones laborales durante los años siguientes. Así fue como pasé por todo el escalafón de trabajos alimenticios que ningún inmigrante en España haría ni en sueños en su propio país y que, como le he copiado a la brillante Leslie Jamison de su propia bio: “aún conviven en feliz armonía conmigo”. De esa manera también fue como acabé en Barcelona, con una reserva de habitación compartida en un hostel por una semana.

Por si aún no lo saben, la capital de Cataluña es una ciudad que tiene dos puertos en el Mediterráneo. Una estatua de Cristóbal Colón que no señala a América. Dos torres de diseño futurista que funcionan como antenas de telecomunicaciones. Una catedral maciza en la que la visión de varios ilustres arquitectos se superponen como las hamburguesas dentro de una Big Mac en eterna construcción. Un Museo Nacional de cartón piedra. Un Barrio Chino donde no hay chinos. Una escultura de bronce que semeja un pez aburrido a punto de lanzarse al mar. Dos teleféricos. Un museo de Cera, otro de la Marihuana y hasta uno del Mamut. Una torre de oficinas con la forma y el color del pene erecto de un exótico personaje de Avatar. Varias plazas de toros en las que ya no se hacen corridas de toros. Dos parques modernistas. Un hotel con la forma de la vela de un barco abandonado en la playa bajo los efectos del éxtasis desenfrenado de sus posibilidades turísticas.

Pero quizás el monumento faraónico más grande, y que pocos que no residan en ella puedan apreciar, es el coloso de las deidades de La Innovación y La Emprenduría. Al igual que las gigantes estatuas antropomorfas de los templos sumerios, esos leones alados con cabeza de hombre cuidan la entrada al templo del capital, la proliferación empresas de innovación, las start ups, resguardan la imagen de Babilonia, digo Barcelona, como una de las capitales europeas del diseño y la innovación. Es decir: pura magia, adicción a las apuestas y sacrificios de becerros a los dioses de los fluctuantes hados financieros.

Como en una versión enana pero inflacionaria de Sillicon Valley, la emprendeduría es la palabra sagrada que los consecutivos gobiernos han promovido entre los fervientes creyentes en el poder revelador del humo del marketing y los “ángeles” inversores.

Sigan cavando un poco en el discurso de la innovación y la emprendeduría, y muy pronto se encontrarán comulgando y persignándose con esos mismos signos de fe.

Fe. Eso era lo que echaba en falta cuando me despidieron de mi último trabajo, que consistía en redactar contracubiertas de novelas eróticas o convencer a mi jefa de que comprara los derechos en español de una popular serie americana donde las protagonistas eran cavernícolas que tenían sexo con dinosaurios.

Y pensé que la había encontrado. Pensé que había encontrado un trabajo en el que creer. Porque eso era lo más importante para una ingenua argentina de provincias con diez años de inútiles estudios de humanidades a cuestas.

Yo quería creer.

Empecé a hacerlo cuando me ficharon como redactora de reseñas de libros juveniles en una empresa de innovación. Una plataforma web que se dedicaba a la promoción de la literatura infantil y juvenil. Por fin, podría trabajar del lado del Bien y no sentirme un pelín avergonzada delante de las amigas que curran de voluntarias en una ONG o en alguna sofisticada editorial literaria. Yo también había conseguido que me pagaran por practicar El Bien y no volvería a fantasear con la posibilidad de prostituirme para levantarme el ego y que me pagaran mejor. Así fue como comulgué con los discursos de la emprendeduría y la innovación.

Y dije que me iba a tomar mi puesto de trabajo “como un desafío” con una mano sobre el Libro del Mormón y la otra sobre la biografía de Steve Jobs. E hice realidad mis más tórridas fantasías eróticas, teniendo un orgasmo en el mismo instante que alguien pronunciaba esa palabra: “brainstorming”. Y me autoflagelé en secreto, con latigazos de trenzas de cuero y púas de acero, por haber puesto los ojos en blanco cuando dos de mis compañeros compartieron, en un ejercicio de coaching grupal, su visión de la empresa como la edulcorada imagen de un conjunto de manos entrelazadas, sosteniendo un montículo de tierra, sobre el cual crecía un tímido y ONGgero gajito de hierba. Y hablando de “equipo”, nunca antes había sentido los adictivos efectos de la palabra “religión” (del latín, “religare”, reunir, unir, vincular) agitarse en mi sangre. Nunca en mi vida previa de agnosticismo y desasosiego laboral había experimentado más espíritu de comunión que aquella vez que nuestra jefa puso como ejemplo de liderazgo a uno de los sobrevivientes de ¡Viven!, la popular película inspirada en un fatal accidente en medio de la cordillera de los Andes. Ella hablaba del que era el más introvertido del grupo, quien terminó sobreviviendo a la catástrofe aérea a base del ritual cristiano zombie de comer la carne y beber la sangre no metafórica de sus compañeros. Es decir, que nuestro modelo de líder era el caníbal más popular de las últimas décadas.

Otras experiencias literales de “espíritu de grupo” se sucedieron como milagrosas ejecuciones eucarísticas de frases motivacionales al estilo de: “One person goes faster but one team goes further” (Una persona va más rápido pero un equipo va más lejos). Frases impresas a color en hojas A4 y que seguían ahí, impasibles, decorando el box del vivero de empresas de la agencia Barcelona Activa, a pesar de los únicos que se sucedían con rapidez eran los silenciosos despidos. Porque si hay algo que aprendí durante esos escasos cinco meses es que la dinámica del secretismo es la base del lenguaje de la innovación y la emprendeduría. Todo se negocia por lo bajo, entre líneas, con sobreentendidos: una ampliación horaria, un aumento de sueldo o un despido improcedente.

Como si la falta de garantías de continuidad laboral, la sensación de que la Divina Providencia o la lectura de los signos de la vísceras de un animal sacrificado deciden tu futuro no fueran suficientes para ahogarte en la incertidumbre, el lenguaje de las start ups tiene inquietantes similitudes con la cooptación practicada por las sectas: una neohabla y una serie de prácticas y rituales compartidos, que también es el lenguaje común del mundo de la empresa contemporáneo.

Aunque se diferencia de éste, por el eficaz poder performativo de cooptación y lavado de cerebro a base de repetición y manipulación psicológica. De esto último, no tengo pruebas testimoniales, porque de lo único que no me arrepiento es de haberme excusado de asistir a un “retiro espiritual” en la montaña que se había programado a solo dos semanas de mi primer día de trabajo. Si hubiera asistido, quizás no estaría contando esto. Quizás me hubiera convertido en una de ellos. Tal vez ahora, en lugar de estar deprimiéndome dándole al F5 en Infojobs y parando la oreja como si fuera un hipersensible sabueso de caza cada vez que alguien pronuncia la palabra “trabajo”, estaría realizando algún ritual satánico de ascenso laboral, elevando mis loas al tótem de mimbre y paja de un pagano dios del dinero mientras estaría masticando los intestinos de alguna de mis becarias o, mejor, los de la que fuera mi jefa, para sobrevivir a la gran catástrofe de la crisis europea.

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