Casi una experiencia religiosa

A esta altura no sé qué me resulta más ajeno: si participar de una misa, escribir en primera persona o titular con una frase de Enrique Iglesias.

Soy de los que creen. De los que creen que el discurso de la Iglesia no hace sino reproducir las condiciones de posibilidad para que este mundo siga siendo tremendamente injusto. De los que creen que el argumento de la vida eterna exime a quienes lo usan de pelear por realidades más humanas hoy, aquí en la tierra. De los que creen que el Estado – usted, vos, yo- no debería pagar para sostener el culto católico apostólico romano ni ninguna otra religión.

Soy de los que se asombran cada vez que leen opiniones sobre el aborto, el divorcio, la homosexualidad y otros males que asuelan la tierra, como si el poder divino que sostiene el edificio de la iglesia tuviera, cada tanto, el impulso de rebasar y llegar a otros estamentos, para contagiarlos con su ideología.

Soy de los que nunca vamos a entender por qué un presidente se reúne con un obispo: por qué debería hacerlo. Soy de los que conocemos el edificio por dentro: sus rajaduras, sus humedades, su olor.

La primera aproximación al padre Ignacio fue periodística: la fama del cura obligaba a viajar a Rosario para hacer un informe. Allí me encontré por primera vez con una evidencia: gente tomada al azar, que contaba historias extraordinarias. No mentían, no había manera.

Pasaron los años y hubo algo -un estómago, un riñón, un páncreas: un dolor- que me sembró la inquietud. Por qué no ir a ver de qué iba todo ese misterio. Por qué no ponerle el cuerpo. La historia de las horas de viaje más las horas de espera más perder un domingo terminaba siempre por dominar mis argumentos. Hasta que un día, la montaña fue a Mahoma.

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La trafic pasa a las 7 por la esquina de mi casa. Mientras espero, trato de no pensar qué estoy haciendo acá quién me manda si yo no necesito y sería más feliz si me quedo tranquilita en mi casa para colmo parece que va a estar fresco y me muero si encima van rezando letanías y esta gente que no llega.

Cuando a las 8.15 pongo un pie en Paraná, un viento helado me recibe implacable. Me calzo la capucha y sigo al grupo rumbo a la plaza. 8.20 apoyo el banquito que será mi sostén durante las trece horas que pasaré a la intemperie.

Estoy en la cola más larga de mi vida, e intuyo que la experiencia será extrema. Es una cola rara, cola de señoras que están acostumbradas a este tipo de tertulias, y entonces se van preparadas: una rueda de rumores que haría las delicias de cualquier estudiante interesado en el circuito de la comunicación informal, empieza a rodar desde temprano. El “dicen que entran 100 personas nomás en la iglesia” que alguien tira al voleo, se convierte a los diez minutos en información oficial: una señora instalada en la reposera asegura que iremos entrando de a cien, y que a nosotros nos tocará entrar en una décima, decimoprimera tanda, un decir.

Están las que se pelean por ser exégetas del cura. “A él no le gusta que la gente se pelee por entrar”, dice una, como si fuera íntima. “Se toma un descanso cada una hora”, la desafía la otra, en un duelo de habitués que entretiene en el eterno mientras tanto.

La mayoría son mujeres; después está la categoría maridos. Los maridos son un caso aparte. Cerca mío está el marido sesentón, resignado a acompañar a la patrona sin preguntar demasiado, total son dos horitas más negro y llegamos a verlo al padrecito, qué te hace.

Hay una cola aparte, que nubla la vista. Son los discapacitados, los chiquitos enfermos, los desesperados, las sillas de ruedas, las cabezas calvas: acongoja esa postal. Obliga a agachar la cabeza y bajarse del estrado de los pedidos.

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Las horas no pasan y la cabeza no se detiene. Por momentos pienso quién me manda, pero quién me manda. Por momentos trato de escuchar lo que habla la gente, o de intercambiar un mate con alguien. Por momentos observo. Por momentos me escondo bajo la capucha para soportar el frío y la llovizna.

El primer intento de ir al baño es infructífero: han dispuesto 15 baños químicos en el sector en el que estoy -sí, he tenido tiempo para contarlos- y sólo asomarse provoca un rechazo inmediato. Vuelvo a la fila. De repente ocurre el primer milagro: llega un camión limpiador de los sanitarios. Dios existe. Voy corriendo para poder entrar enseguida, lo logro: será la última vez que vaya al baño en todo el día.

Cerca mío hay un par de mujeres de cincuenta y pico con las que entablo charla. No van a misa todos los domingos: simplemente fueron, alguna vez, a ver al padre Ignacio, y siguen yendo porque les hace bien al alma. Punto. Hay un señor que fuma tres atados por día, y se ríe: yo sé que él magia no hace, me dice, mientras pisotea la enésima colilla.

Cada tanto aparece algún colado: la reacción es tan violenta que supongo que en ese momento muchos están conteniendo las ganas de matarlo, o de pegarle. “Que pase por acá, así le pongo la traba”, vocifera una devota.

Las horas de nada son pesadas como mármol. Tengo un libro en la mochila y no lo saco en todo el día. Siento que sería como ponerse a rezar el rosario en las horas sandwich de la Uner.

Todos esperan la misa, yo en realidad quiero que llegue el momento de estar frente a él. La misa pasa sin pena ni gloria: no hay parlantes en la zona de la plaza donde estoy, así que los más fervientes la siguen por radio.

La misa me hace recordar viejas épocas, cuando de chiquita iba sin ganas y no lograba concentrarme. Recuerdo que en una parte decían que esperaban “la gloriosa venida de nuestro señor jesucristo” y yo me imaginaba “la gloriosa avenida”, con luces bien intensas, nueva, tipo autopista: una avenida gloriosa.

Cuando termina la misa ya pasaron nueve horas de banquito al aire libre. Estoy aterida, no siento los pies, y me da vergüenza quejarme: hay gente de ochenta en la fila. Ya falta menos, me digo. Error.

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Las horas de espera después de la misa son las peores. Ya todos estamos molestos, del labial de la señora que se reía a carcajadas ya no queda ni la sombra, la noche amenaza y muchos se han puesto pilotines de nylon para calentarse. Algunos grupos hablan como si fueran amigos alrededor de una cerveza en una tardecita cálida; otros ni se miran: sólo hacen visera, cada tanto, como si con el gesto lograran que la cola avance.

La usina de rumores trabaja al límite: dicen que va a atender hasta las diez, dicen que ahora pasan de a quinientos, dicen que está enojado porque la gente se está colando, dicen que dicen. Pienso en irme a mi casa, pienso en la locura que sería irme justo ahora.

Hasta que llega un momento en el que ya está: no siento más ni el frío, ni el hambre, ni las ganas de ir al baño. Los límites se estiran hasta quebrarse. A las nueve y media de la noche, trece horas y quince minutos después de haber puesto el pie en la plaza, llego a la puerta de la iglesia. Tengo ganas de llorar del cansancio. Más tumulto, más cola, pero ya estamos a pocos metros.

Finalmente lo observo: pone su mano en la frente de las personas, a algunas las abraza, a otras les toma la cabeza, a otras les agarra la nuca. Hay cinco filas, él va pasando uno por uno, a razón de dos o tres segundos por persona. Lo miro y pienso que este tipo es de otro planeta, que cómo puede. Ya pasaron unos dos mil antes que yo, calculo. No los mira: es como si mirara a través de ellos.

Soy consciente de dónde estoy parada: el agotamiento, las fotos del día, la sugestión. Imposible no derrumbarse, no hacer pasar por el cuerpo alguna expresión. Empiezo a llorar cuando me estoy acercando y uno de los asistentes (“servidores”, en la jerga) me reta con una sonrisa: “Si empezamos así…”, me dice. Trato de componerme: a fin de cuentas, mi problema no es grave, me digo.

Hasta que llega. Pone una mano en mi frente y con la otra pareciera buscar, como si fuera un escaner. No hay palabras. Se detiene en el lugar exacto de mi problema y lo presiona con fuerza. Luego me corren a un costado, donde una chica me dice que tengo que rezar así y asá, pero ya no puedo escuchar. Entonces lloro, como una criatura, desconsoladamente.

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