Carta a mis amigas y amigos

Queridos amigos y amigas:

 

Durante un tiempo que ya se mide en años, de lo que yo mismo quedé sorprendido al ponerme a escribir estas líneas, nos hemos mantenido en contacto, personal en algunos casos y, en todos, a través de los textos con mis reflexiones sobre la realidad que compartimos.

Mi deseo desde el principio fue el de afirmar un vínculo con personas a las que aprecio y con las que tengo afinidades, no sólo ideológicas, sino de sensibilidad. También traté de poner al alcance de lectores acostumbrados a reflexionar temas que muchas veces resultan abstrusos para el no especialista, en algunos casos porque los expositores, por costumbre, se expresan en una jerga hermética de cofrades o, peor aún, porque premeditadamente tratan que los lectores sientan que temas de “tan alta complejidad” no están a su alcance y que deben dejarlos en manos de los “sabios”; o sea: oscurecer el lenguaje para ganar en impunidad.

Yo creo que todos los temas están al alcance de todos si nos tomamos el trabajo de explicárselos con palabras sencillas. Sin que mi propósito pretenda llegar a tanto, afirmo que incluso cuestiones como la teoría de la relatividad o la mecánica cuántica pueden ser comprendidos por cualquiera en sus lineamientos generales si se explican con claridad, y me atrevo a ponerme como ejemplo de “conejillo de indias” que ha hecho el esfuerzo de leer dichas teorías en libros de divulgación científica que abordé con entusiasmo y que, al finalizar, me hicieron sentir el placer luminoso de la adquisición del conocimiento.

Hoy vivimos tiempos difíciles; los vive el mundo (¿alguna vez el mundo vivió tiempos fáciles?), los vive Latinoamérica y los vive particularmente nuestro país, que es lo que nos toca más de cerca. Los viven todos los argentinos pero, en lo espiritual, los viven y los sufren particularmente aquéllos que adhieren a cualquiera de las versiones del pensamiento progresista.

Una votación contundente –ni apabullante ni plebiscitaria como quieren presentarla los triunfadores- ha avalado la política oficial de la derecha gobernante. Una victoria que obtuvo pese a sus anuncios inequívocos y reiterados de que las medidas a implementar tras las elecciones, cualquiera fuera su resultado, iban destinadas a deteriorar el nivel de vida de las clases populares, en las que incluyo la clase media, que en términos mayoritarios (de primera minoría) dieron su visto bueno a las verdades y a las mentiras oficiales. Los votantes de Cambiemos han sido indulgentes con los que les mintieron acerca de temas muy sensibles –pobreza cero, crecimiento sostenido con derrame a partir del segundo semestre de 2016, control de la inflación, mantenimiento de todas las conquistas populares adquiridas a lo largo de los doce años del gobierno anterior, etc., etc.- e indulgentes con las agresiones a su poder adquisitivo a través de aumentos de precios de los servicios, de los alimentos, de la vestimenta, etc., etc.

La intención de esta carta no es la del análisis pormenorizado de cómo la coalición gobernante ha logrado el prodigio de contaminar con el síndrome de Estocolmo a una porción tan grande de la población del país; es un tema que dejo para futuros artículos específicos. Sólo haré al pasar una mención acerca del método de la propaganda oficial que logró el milagro. Como ya he dicho vivimos tiempos difíciles y es necesario comprenderlos para defendernos de ellos y, en lo posible, cambiarlos (perdón por la palabra).

El Neoliberalismo mantiene las formas externas de la democracia y del sistema republicano: elecciones periódicas, división formal en tres poderes, pero ha desarrollado herramientas nuevas de gobernanza y, por supuesto, no ha abandonado recursos tradicionales para influir en los resultados de las votaciones y para que el poder ejecutivo manipule al legislativo y particularmente al judicial. De modo que la democracia formal es en la práctica el gobierno autoritario de una minoría aristocrática, es decir estamos viviendo en una oligarquía de hecho, que como todos los gobiernos de minorías privilegiadas y, por ende, conservadoras, tiene una vocación totalitaria que no tolera voces disidentes.

Los recursos tradicionales como el clientelismo y toda forma de coacción económica se han usado sin pudor en las últimas elecciones. Se presiona con las transferencias de fondos del poder central a gobernadores e intendentes, con los que aquél se muestra generoso cuando éstos son adictos y avaro cuando no los son, no desdeñando, incluso, la manipulación prebendaria de los recursos que dirige hacia secciones opositoras, como actos graciosos, para obtener su sometimiento. O incluso, para alcanzar ese objetivo, amenazando a los rebeldes con “carpetazos” ante la corporación judicial cómplice y subordinada al poder ejecutivo.

Se ha creado una pequeña burbuja de consumo previa a las elecciones, concediendo créditos a jubilados y beneficiarios de la asignación universal por hijo que tendrán que pagar en los próximos meses, con lo que sus magros ingresos se verán aún más reducidos. Se ha reactivado el crédito hipotecario con el sistema UVA que permite acceder al mismo con una cuota y una tasa de interés inicial más baja que los préstamos tradicionales a tasa fija, pero que al estar indexado por inflación podrá dejar a muchas familias en la calle si los salarios siguen retrasándose con respecto al índice de precios o los obligará a extender el plazo del crédito a más de los treinta años iniciales, llevándolos a cuarenta o cincuenta, es decir a un plazo mayor que una vida laboral.

Tampoco se desdeña el uso de la fuerza, el poder de muerte para amedrentar, pero los métodos más sofisticados son los de la acción psicológica, interviniendo en la subjetividad de la población. Aunque estos temas no son el objeto central de esta carta y ya se han analizado extensamente en mi ensayo “La angustia en el Neoliberalismo”, me referiré a algunos ejemplos prácticos que no dudo están en la mente de todos mis destinatarios.

Tomemos el caso del eslogan del que fue vocero el presidente del Banco Nación, Javier González Fraga: “Les hicieron creer que con un sueldo medio de empleado medio podían cambiar el coche por un cero kilómetro, comprar celulares caros, plasmas y viajar al exterior”. Esta frase, citada más o menos textualmente y repetida mil veces por los medios hegemónicos que blindan la gestión Macri, apunta a la “culpa”. El sentido judeocristiano de la culpa enraizado en el subconsciente de los individuos les hace sentir que han gozado excesiva e indebidamente, y que ahora tienen que pagar por ello. Deben expiar la culpa y por lo tanto aceptar el castigo purificador que les inflige el “buen padre”.

Otro ejemplo: “Se ‘chorearon’ todo”. Frase destinada a crear el “monstruo”, el enemigo interior ominoso que hay que extirpar del cuerpo social para eliminar la impureza. Él es el portador de todos los males; por el contrario los contrabandos, lavados de dinero, coimas, evasión impositiva, auto condonaciones de deudas que pagamos todos, de los sujetos que hoy detentan el poder político como siempre poseyeron el económico, se borran del imaginario colectivo.

Y llego finalmente al motivo que me impulsó a escribir esta carta: la solidaridad. Y para hablar de ella, previamente me referiré en pocas líneas a mi experiencia personal vivida en este país en 1976.

Por entonces yo era un cuadro medio de una empresa transnacional. Cuando se produjo el golpe del 24 de marzo la gerencia superior se reunió en el salón de actos de la compañía y cantó el himno nacional. Entre mis compañeros los había peronistas, antiperonistas y sin opción política definida. En 1973 algunos de esos antiperonistas habían votado fervorosamente a Cámpora y después a Perón. En 1976 ellos mismos, la mayor parte de los peronistas y los sin opinión política pedían a gritos algunos, otros más disimuladamente, la intervención militar para poner orden en el caos del desgobierno de Isabelita. Muy pocos, entre ellos yo, abogaban por una salida institucional que consistiría en lograr la renuncia de María Estela Martínez de Perón, la asunción de la responsabilidad ejecutiva por parte de Ítalo Lúder, presidente provisional del senado, y la convocatoria a elecciones dentro de los plazos que establecía la constitución de 1853, vigente entonces. Los militares tomaron al gobierno con el consenso generalizado de la población que los vio llegar con alivio. Los desbordes y graves errores de los movimientos revolucionarios, la irrupción de la Triple A comandada por el nazi esotérico José López Rega, hoy se sabe en sociedad con los golpistas, crearon el clima propicio en la población para dar el golpe final y allanar el camino al gobierno de hecho del ministro de economía de la dictadura José Alfredo Martínez de Hoz.

Me sentía muy solo entonces, no tenía con quien cambiar ideas, mis compañeros de trabajo y la inmensa mayoría de mis conocidos eran partidarios del partido militar, o consideraban inevitable su advenimiento al poder, o eran indiferentes. Sólo tenía un interlocutor: mi hermana, que con su lucidez había formado un juicio claro sobre lo que estaba pasando.

Volvamos al presente. Ante un estado de cosas que a algunos de los que tenemos años suficientes y suficiente memoria histórica nos trae muy malos recuerdos, me dirijo a ustedes para decirles que ante las situaciones de riesgo no hay nada peor que el aislamiento. El poder busca aislar a los individuos para reinar. La soledad agrava los problemas de la vida. Los exhorto a que nos mantengamos en contacto, sea por los medios que sean, por mail, por whatsapp, por teléfono pero, sobre todo, dentro de las posibilidades de cada cual, mediante la comunicación persona a persona. La mayor confortación en los momentos de crisis sociales o personales la proporciona el contacto físico. Somos seres humanos, seres racionales que nos hemos acostumbrado a poner límites a nuestro alrededor, pero somos animales, y necesitamos del calor y de la protección de nuestro grupo de pertenencia.

Noviembre de 2017

Jorge Andrade

 

 

Jorge Andrade, escritor, economista, crítico literario y traductor. Ha publicado numerosas novelas, entre ellas, “Desde la muralla”, “Vida retirada”, “Los ojos del diablo” (premio internacional Pérez Galdós, España); el libro de cuentos “Ya no sos mi Margarita” y el libro de ensayos “Cartas de Argentina y otros ámbitos”. Fue colaborador del diario El País y de las revistas El Urogallo y Cuadernos Hispanoamericanos de España, así como del diario La Nación de la Argentina.

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