Caramelos de Nostalgia: Stranger Things 2

“No sabemos nada y nada podemos saber sino

la danza, danzar a una medida a contrapunto,

satíricamente, el pie trágico”

Williams Carlos Williams, Patterson

El bueno de Will Byers está de vuelta, pero el suyo no es el único regreso.

La serie de Netflix tuvo una segunda temporada que sin dudas no será la última. La fórmula ha demostrado funcionar bien, quizás demasiado bien, y probablemente van a ordeñar la vaca hasta matarla. Como ya había sucedido con la última temporada de House of Cards, convertida en parodia de sí misma en su imposibilidad de pensar situaciones y soluciones políticas sin recurrir a ese deus ex machina barato que es la violencia. Pero volveremos sobre esto, y mientras tanto volvamos a Stranger Things, porque estas palabras tratan sobre regresos.

Desde su primera temporada (la cual ya analizamos aquí, y procuraremos no repetirnos) la serie tiene claro que su negocio es la nostalgia. ¿Pero cómo sería eso?

El planteo central es un homenaje cargado de nostalgia a los 80s norteamericanos y su cultura. No hace falta explicar esto demasiado. Ese sería el caramelo de nostalgia. Pero nos detendremos en lo más importante, su relleno.

Nostalgia, dicen, viene del griego nóstos (que significaría viaje, partida, pero que incluye también la idea del regreso, sobre todo al hogar) y de álgos, dolor, pena.

¿Dolor por la partida o por la añoranza del regreso del hogar? ¿O dolor por la partida y por el regreso?

El bueno de Will ha vuelto a su hogar, y la crueldad prototípica del sistema escolar norteamericano hace que lo hayan bautizado como niño zombie. El mote está bien puesto (aunque por motivos que el común de sus pares de escuela desconocen): Will estuvo en el otro lado, y ahora camina de nuevo entre los vivos. Y aunque parezca sano, los que tenemos acceso privilegiado a lo que ocurre en el hogar de los Byers sabemos que no es así. Lo vimos traer en el cuerpo parte del mal del upside down al final de la primera temporada; lo vemos crecer hasta poseerlo en la segunda.

¿Y qué decir del hogar familiar? Nuevamente vuela por los aires, su disposición espacial se tergiversa en un caos necesario para hacer lugar al otro lado. Si en la primera temporada la asolaban los mensajes luminosos, en esta se convierte en el locus del mapa subterráneo que dibuja un Bill frenético, retratando el mal que amenaza con comerse los cimientos comunitarios.

Pero más que sobre Will, receptáculo involuntario y poco carismático de maldades múltiples, Stranger Things trata sobre Eleven.

Eleven regresa del otro lado, en una escena que literalmente es un parto. Confusión, dolor, esfuerzo, aparición en el mundo a partir de una hendidura en lo real.

Pero Eleven también regresa a su hogar, y encuentra allí a su madre biológica, y a partir de ella a “su hermana”. ¿Pero qué tipo de regreso al hogar es éste? ¿Qué clase de hogar es aquel en el que nunca vivimos, del que fuimos arrebatados?

Y como ya intuimos sobre Will, ¿quién vuelve? Porque nunca es la misma persona que la que partió.

“Vuelve” del mismo modo la querida comunidad de Hawkins, similar pero nunca igual a sí misma (¿no son todas las comunidades así?). Y sigue librada a su suerte, ante la total ausencia de las instituciones políticas nacionales como punto de cierre de la costura comunitaria.

Aunque esta vez hay una novedad: en algunos jardines delanteros vemos los carteles de la campaña Reagan-Bush de 1984. Y hay una mención a Thatcher que realiza la madre de Mike hablando por teléfono. Pero estas referencias, lejos de hacerlos parte de la dinámica de la historia, refuerzan su distancia. Son irrelevantes e impotentes para hacer algo ante la amenaza que puede disolver a Hawkins como lo conocemos; la comunidad sigue librada a su suerte.

El pueblo, dijimos, no es igual a sí mismo. La serie se volvió menos costumbrista y ya no importa tanto la dinámica comunitaria del día a día, el baseball y el pie de manzana. Esta temporada se centra en la comunidad que resiste.

Pero es una comunidad extraña, que está atrapada en el medio. No cierra por arriba (¿dónde está la identidad nacional que nos preservará del mal?) ni por abajo (hay literalmente túneles por los que se está propagando el mal que amenaza con devorarla). Y por si fuera poco, todas las familias de la serie naufragan como lugar primigenio de reproducción social. Pero, hey, esto probablemente no sea más que otro guiño a los 80s.

Hay también entonces una nostalgia de la comunidad como tal: retornar a una normalidad que nunca existió, que no es sino un proyecto del que siempre se aparta. Como nos dice Judith Butler, “la aparición del exterior en el interior del sistema pone en tela de juicio su clausura sistemática y su pretensión de estar autosustentado”.

Todas estas nostalgias cierran un círculo idéntico: Will no volverá a ser un niño normal, porque nunca lo fue. Eleven no volverá a su hogar o infancia, porque nunca las tuvo. Y Hawkins no volverá a ser un pueblo tranquilo, porque tal cosa no existe. “No hay nostalgia peor / que añorar lo que nunca jamás sucedió”, según la expresión de Sabina.

Como en todo lo que nos heredaron los griegos, hay aquí también tragedia.

Las ilusiones y miserias comunitarias, de todos modos, no pueden ocultar el hecho central de que, una vez más, la que salva el día (y los días que vendrán) es Eleven. Que realiza de manera apresurada el viaje del héroe, el monomito del que nos hablara Joseph Campbell en El héroe de las mil caras. Como Jesús, como Neo, como Luke Skywalker, como el peronismo.

Esta nostalgia de sí misma de la serie tendrá que ser superada: Eleven tampoco puede seguir siendo el deus ex machina que lo arregla todo.

El niño zombie que volvió de la muerte, con el que la comunidad no sabe qué hacer, es directamente exorcizado sobre el final de la temporada. Sabemos que el mal ya no reside en él, lo vimos salir de su cuerpo. Pero no nos hacemos grandes esperanzas, antes de ser poseído ya realizaba excursiones periódicas por el más allá, y esa mancha no se borra nunca más.

Eleven tiene la misma marca, por eso el hogar materno que no llegó a ser un hogar es, a grandes rasgos, irrelevante en su progreso. Le apunta apenas el camino a otro afuera de la comunidad (uno que no habíamos visto antes en la serie), la gran ciudad. Con sus personajes de ridícula y exagerada modernidad, los punkies junkies comandados por su hermana, que le da el regalo más importante para que nuevamente salva a la comunidad: le enseña que su verdadera fuerza provendrá del odio, no del amor.

Esto es sintomático: cuando Eleven está cerrando la grieta final, no piensa en el tierno amor púber que siente por Mike. Recuerda lo que han hecho de ella.

Y la escena final repite el gancho de la temporada anterior. El mal subsiste y está agazapado sobre Hawkins, y es el reverso de las felicidades inocentes del baile de invierno en que algunos tienen su primer beso y otros (te estamos mirando, Dustin), al menos, esperanza.

Nos han quedado cosas por decir sobre la maldad y su expresión en la comunidad: Dustin y su perro-demogorgon, resocializado en base a cariño y alimento; la madre de Will, que parece dispuesta a matarlo antes que perderlo; el derrotero de un Steve Harrington que se ha vuelto tan bueno que tuvo que ser abandonado; el malo posible de este lado, Billy, que “previsiblemente” está enojado (hey, son los 80s) por su familia ensamblada y se desquita con sus pares, hasta que su víctima privilegiada, la hermana, le pone freno. El monstruo de los tentáculos, que en su carácter innominado (y en su azote de una comunidad pequeña que bien podría llamarse también Derry) nos recuerda a It de Stephen King. Como tantas otras cosas, por eso homenajeamos la novela con la cita que encabeza estas palabras.

Pero el mensaje final es de esperanza, eso que, dicen algunos, los griegos consideraban una maldición (we are sorry, Dustin). ¿Podría ser de otra manera? ¿No tenemos nostalgia nosotros también, televidentes, de darle un cierre al viaje de los protagonistas después de cada temporada y pasar a otra cosa?

Y si ya hemos citado en otra ocasión a Camus y sabemos que la peste habrá de regresar, convengamos también con Ítalo Calvino que “El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

Algo de eso saben Will, Eleven y Hawkins, y nosotros deberíamos recordarlo más seguido.

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