Borges, infinitamente

El 14 de junio se cumplen 30 años de la muerte del escritor. Él, desdoblándose, dijo que uno se dejaba vivir para que el otro tramara su literatura. Literatura que, creía, lo justificaba porque cuando su cuerpo no estuviera, y su alma encontrara otro cuerpo, quedaría como página de la tradición. Un simple juego de números trae a colación una página sobre Malvinas que figura con exactitud la esencia del maestro.

 

…el arte debe ser como ese espejo que nos revela nuestra propia cara.

J.L.B.

  

 

El 14 de junio de 1986 murió Jorge Luis Borges. Fue en Ginebra, Suiza, y tenía 86 años, pero esto no es una biografía.

 

Otro 14 de junio, cuatro años antes, terminaba la guerra de Malvinas.

 

Es una coincidencia llamativa si se considera que el azar (el destino o dios, “quizá las tres palabras sean sinónimas”, según el propio Borges) era un factor determinante para el más universal de los escritores argentinos.

 

Puede existir, técnicamente, algún lector de Borges a la vez vinculado con la memoria o la experiencia de la guerra que haya reparado en el asunto. Este hipotético borgeano malvinero rozaría, en una mirada apresurada, una contradicción en sí mismo si se tiene en cuenta cierta visión que posiciona al escritor como desentendido de los asuntos políticos y sociales de su tiempo.

 

Una mirada detenida, en cambio, podría reflexionar sobre la convergencia de la fecha y preguntarse acerca de aquello que confluye.  

 

Para esto último no hay disparador más acertado que el poema “Juan López y John Ward”[1] donde Borges no nombra a las Malvinas como tal pero las llama “unas islas demasiado famosas”. Allí refiere a esos dos hombres, nacidos en diferentes tierras, a quienes “les tocó en suerte una época extraña”. Hombres que hubieran sido amigos. Época de divisiones y de guerras.

 

Si hay algo que eleva el sentido de la sutil coincidencia es el carácter trascendental que Borges le confiere a la literatura en tanto creación de obras maestras. En otro relato escribe, tras detallar una serie de viejas batallas, que “estas cosas, ahora, son como si no hubieran sido” y, por el contrario, dice sobre el poema Martín Fierro: “esto que fue una vez vuelve a ser, infinitamente”[2].

 

No eligió narrar la guerra de Malvinas con datos ni precisiones, porque la memoria borra o adultera, en estos casos, los detalles. Eligió poetizar como quien universaliza una vez más la cosa, porque esa historia puede ser tranquilamente otras historias y esa forma de contarla la vuelve eterna.

 

“¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, qué forma patética o deleznable perderá el mundo?”[3], se preguntó Borges en otro relato. Murió un maestro, maestro. Lo hizo, justo, un 14 de junio. Pero no murió su obra, a través de la cual –parafraseándolo- el sueño de uno (por ejemplo: que aquellos hombres de 1982 hubieran sido amigos) continúa siendo parte de la memoria de todos.

 

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[1] Para leerlo online: http://www.poesi.as/jlb1340.htm

[2] Martín Fierro, El hacedor.

[3] El Testigo, El hacedor.

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