Black Mirror: miedos contemporáneos bajo el disfraz futurista

La serie británica creada por Charlie Brooker lanzó su tercera temporada. Seis episodios que muestran la tensión entre ética y tecnología de las sociedades modernas.

Una comunidad que hace del “me gusta” un termómetro de ascenso y condena social; víctimas de hackers extorsionadas hasta la más aberrante humillación; los fantasmas del inconsciente reflotados por un sistema de realidad virtual y el romance entre dos mujeres en una dimensión desconocida. A través de seis episodios individuales de una hora en promedio, la tercera temporada de Black Mirror propone un mosaico de distopías que respeta la narrativa de ediciones anteriores y consolida a la serie británica como género en sí mismo. Black Mirror a lo Black Mirror: dilemas éticos y morales en escenarios postapocalípticos cuya resolución provocará, aunque sea por unos instantes, la desconfianza del espectador hacia el dispositivo tecnológico más cercano.

Bautizada por la crítica estadounidense como “La Twilight Zone de la era digital” y ganadora en 2012 del Premio Emmy Internacional en la categoría de mejor película para televisión y miniserie, esta creación del guionista Charlie Brooker supera la dicotomía entre tecnofilia y tecnofobia. Detrás de esos artefactos, implantes o aplicaciones futuristas que acorralan a los protagonistas de cada capítulo en un callejón de amenazas contemporáneas, emerge siempre la pregunta por el ser humano y cómo los condicionamientos sociales, su sensibilidad, influye en el uso cotidiano que le damos a la tecnología.

Caída en picada, episodio inaugural de la tercera temporada, plantea una sátira sobre la alienación en las redes y la cultura del entretenimiento, no muy lejana a la frivolidad que hoy percibimos en Snapchat o Instagram. El trabajo estético de Joe Wright, director de Orgullo y Prejuicio y Expiación, ofrece una gama de luces y colores poco frecuente para la serie, aunque efectiva para abordar con ironía un mundo donde los “me gusta” docilizan al hombre al estilo de La naranja mecánica de Stanley Kubrick.

El listado de reproducción continua con Partida y Cállate y baila, dirigidos por Dan Trachtenberg (10 Cloverfield Lane) y James Watkins (La dama de negro, film protagonizado por Daniel Radcliffe), respectivamente. Ambos se apropian de temas actuales como los juegos de realidad virtual y los delitos informáticos contra la intimidad, pero resultan ser los menos logrados: Jugador peca de un exceso en los giros argumentales que le quita potencia al desarrollo dramático, mientras que Cállate y baila desencadena una sucesión de hechos al límite de lo forzado, donde lo espectacular embarra el verosímil.

En el cuarto lugar aparece la joyita de la nueva temporada. Escrito por Charlie Brooker y dirigido por Owen Harris (Kill your friends), San Junípero indaga sobre la finitud de la vida y los peligros de la cosificación del ser –en términos de Heidegger-, a partir del romance entre dos mujeres en un universo sin tiempo ni espacio. De lo mejor de Black Mirror junto con Tu historia completa y Vuelvo enseguida, capítulos destacados de ediciones anteriores.

El ciclo termina con El hombre contra el fuego y Odio Nacional, episodios que combinan una incursión en géneros narrativos sin antecedentes para la serie -como el bélico o detectivesco- con esa impronta dramática y acidez moral, tan bien recibida por los devotos de las ficciones 2.0. Bajo la dirección de Jacob Verbruggen (The BridgeHouse of Cards), El hombre contra el fuego representa una crítica a la biopolítica del racismo y una metáfora contundente de cómo el manejo de la información interfiere en la construcción de identidades. Odio Nacional, por su parte, es obra de James Hawes (Penny DreadfulLawrence of Arabia) y entreteje una visión esquizofrénica del mundo que cuestiona la indignación virtual y la vigilancia en las sociedades modernas.

Con estilo global y un tono más agridulce que despiadado, Netflix puso en marcha la tercera temporada de Black Mirror. La vida en el planeta vuelve a deshumanizarse con la intervención de dispositivos cada vez más crueles y sofisticados. Tecnologías monstruosas; al igual que los seres humanos.

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