Apuntes sobre Álvaro García Linera

Álvaro García Linera comprende al proceso boliviano en particular (y latinoamericano en general), como un proceso dinámico, es decir, un proceso en movimiento, con idas y vueltas, en constante conflicto.

 

En este sentido, Linera reconoce un primer elemento característico del proceso: la resignificación de la democracia. Este primer elemento o primera característica, se refiere a entender a la democracia no de una manera solamente metódica o procedimental, sino como un espacio/lugar, como un escenario concreto que se encuentra en constantes disputas.

 

Para el vicepresidente boliviano, y uno de los mejores cuadros políticos de las izquierdas a nivel internacional, esta reivindicación de lo democrático como espacio de la revolución requiere una reinvención/refundación de lo democrático. Esto es, una reinvención entendida como una creciente participación de la sociedad en la toma de decisiones.

 

Esta forma de comprender la democracia es la que García Linera denomina “democracia plebeya”, caracterizada por la acción colectiva, por la participación al extremo, por la movilización, el involucramiento en los asuntos comunes, etc.

García Linera define a la democracia plebeya como “permanente creciente participación de la gente en la vida pública, en la vida colectiva, en los asuntos comunes/familiares/educativos/médicos/económicos/etc.”

 

 

De esta manera, para Álvaro García Linera el socialismo es la radicalización absoluta de la democracia, es decir, la democracia llevada al trabajo, al parlamento, al ejecutivo y a la propia vida privada.

 

En este sentido, Linera va a sostener que el método para alcanzar esta democracia puede ser la vía armada o la vía pacífica, pero que ha de tener su efecto real solo en la medida de la creciente-permanente participación, ampliación y desborde de la sociedad en el ejercicio, cumplimiento y desarrollo de este método. De esta forma, para Linera: “cualquier método de lucha solo ha de ser revolucionario si tiene la participación de la gente.”. Sin eso, cualquier acción sea parlamentaria o armada, o es reformista o es electoral, pero en el fondo lo mismo.

 

Reivindicándose como leninista, Linera se interroga acerca de ¿qué hay que hacer, tomar o construir el poder? De esta forma, da algunas definiciones acerca de la importancia del Estado, comprendiéndolo como monopolio de lo común, monopolio de lo universal. Discutiendo con la vieja izquierda, y tomando a Nicos Poulantzas, va entender al Estado como una relación entre las personas, como una vinculación de las personas en los asuntos comunes y no como una cosa una “cosa”, la cual está en otro lado y hay que tomarla/apoderarse.

 

Entonces, para García Linera el Estado es comprendido como “espacio de lo común de la sociedad, un espacio universal, espacio común.” En este sentido, el Estado se entiende como monopolio de lo universal, como una relación entre las personas, es el lugar concreto donde se concentra lo común de la sociedad, donde se gestiona lo colectivo, pero también es monopolio, monopolio de los preceptos morales de la sociedad.

 

Por eso, García Linera va a afirmar que hay que tomar el Estado, no hay que quedarse al margen y dar la lucha por afuera, en el sentido de destruirlo por los márgenes exteriores y construir un Estado nuevo, sino que hay que tomar y transformar ese poder. Ahí reside la tensión, entre la ampliación y la concentración, entre la toma y la transformación del poder.

 

En su comprensión de la hegemonía, Linera va a afirmar en primer lugar que la hegemonía es un liderazgo: intelectual, moral, ético, lógico y organizativo de un bloque de la sociedad sobre el resto.

En este sentido, va a tomar el viejo debate entre guerra de posiciones y guerra de movimientos, haciendo una síntesis entre las dos posturas, es decir  la hegemonía entendida como un doble movimiento: uno de consenso y otro de derrota del adversario. De este modo, no puede haber toma del poder sin un quiebre cultural, pero no solo el quiebre de los parámetros culturales, sino que eso se consolida con la derrota del adversario.

 

Aquí se distingue claramente una especie de síntesis entre Lenin y Gramsci, en el sentido de lucha cultural y consenso (Gramsci) + enfrentamiento y derrota del adversario (Lenin). Entonces, para Linera Gramsci sin Lenin es “proceso de ternura sin victoria” y Lenin sin Gramsci “Hecho de fuerza sin irradiación”. Se necesita de las dos partes, la del consenso y la de la derrota del adversario.

 

 

La lucha por el sentido común

 

Linera va a comprender al sentido común como las ideas organizadoras del mundo, de la cotidianeidad,  con capacidad movilizadora. De esta manera, marca que la dominación neoliberal fue, evidentemente, la fuerza/cohesión e imposición, pero también fue una idea-fuerza. Las ideas-fuerza se comprenden como un conjunto de sentidos comunes capaces de funcionar como ordenadores del mundo. En este sentido, el nuevo Estado necesita la disputa en el campo de las ideas antes, durante  y después de la toma del poder. Permanentemente hay que renovar, relanzar o refundar el conjunto de ideas.

 

Otro punto fundamental del pensamiento de Álvaro García Linera, es el reconocimiento de una tensión entre el frente social, comprendido como la fuerza en las calles, y la ocupación de la gestión de gobierno. En este sentido, se reconoce al gobierno boliviano con una gobernabilidad dual, por un lado en el ejecutivo-parlamento, y por otro lado, en la sociedad civil, en la relación con los sindicatos, los gremios, los movimientos sociales, etc.

 

Hay otra cuestión central, la democracia real, que es la democracia latinoamericana, democracia revolucionaria, es la profunda participación de la sociedad en los parlamentos, en los ministerios, pero también es profunda participación de la sociedad en las calles, en su capacidad de movilización. En este sentido, existe, para Linera, una tensión entre las instituciones y la calle, comprendida como capacidad de movilización, exposición del poder real de una fuerza política.

 

Recordando aquellos tiempos de “la guerra del agua” en los albores de comienzo del siglo XXI, Linera plantea que cuando uno es oposición, esto es, cuando uno pretende tomar el poder, que es tomar el poder del Estado, lo que importa son dos cuestiones: En primer lugar la capacidad de movilización de esa fuerza. Y en segundo lugar, la capacidad de crear y universalizar las ideas-fuerza

Pero, cuando uno es gestión necesita de algo extra, es decir, la capacidad de gestión económica, ya que la gente pide resultados concretos sobre la administración de los asuntos comunes.

 

 

El plano económico y el ecologismo

Para Linera la economía debe estar conducida por un crecimiento vía mercado interno, fomentando la economía popular, en función de la distribución de la riqueza. En este sentido, plantea controlar los resortes de la economía en función del conjunto de la sociedad.

 

En cuanto a los problemas en torno al extractivísmo, el vicepresidente boliviano, remarca otra tensión entre la generación de riqueza y la protección de la madre tierra. En este sentido, la producción es necesaria para la satisfacción de las necesidades de la sociedad, pero a la vez, para el indígena, matar a la naturaleza es “matarse a sí mismo”. Por eso, la tarea del revolucionario va a ser preservar la naturaleza. De este modo, Linera plantea salir del extractivismo, pero esto no se hace congelando las condiciones de producción, “ni regresando a la edad de piedra”. Se sale del extractivismo utilizando temporalmente el extractivismo para crear las condiciones culturales, organizativas y materiales de una población que salte a la economía del conocimiento.

 

Luego de realizar una crítica al rol de las ONG en Bolivia, en torno al conflicto de la carretera del TIPNIS, García Linera también expande la crítica a la izquierda tradicional, diciendo que a esa izquierda “le incomoda el estruendo de la batalla y el desorden de una democracia de barricada”, esa izquierda, la que llama “de cafetín”, funcional a la ofensiva desestabilizadora del neoliberalismo contra los procesos y gobiernos progresistas.

 

 

Nueva fase del Neoliberalismo

 

En esta cuestión García Linera se centra en buscar la respuesta a los sucesos que se vienen dando en el mundo árabe y en parte de Europa. Allí ve que para el imperialismo los Estados-nación resultan un estorbo, no le son cómodos, no le son funcionales al imperialismo. Esto marca una etapa de desmembramiento de los Estados. Y en este sentido, distingue ciertas características: En primer lugar la creación de áreas extraterritoriales de los Estados, en tal sentido de que sean posibles invasiones de organismos internacionales como puede ser la OTAN, la cual busca excusas en los faccionalismos y las guerras civiles, que permitan la intervención militar en el nombre de una supuesta “democracia” y una supuesta “libertad”. Esto es lo que sucede en Irak, Libia, Siria y Afganistán entre otros.

 

Por otro lado, marca otro mecanismo de penetración y dominación. Esto es, impulsar privatizaciones, ampliar endeudamiento público, impulsar la pérdida de la soberanía monetaria, fomentar los recortes en las áreas de intervención estatal. Esto sucede y sucedió en Grecia.

García Linera ve que en esta etapa de gobiernos progresistas, los Estados no resultan funcionales al neoliberalismo, y que tratan de que se produzca una implosión de los Estados.

 

 

De esta forma, resulta necesaria la defensa de los Estado-nación. En ese sentido, es necesaria la profundización de las transformaciones que se vienen produciendo en los distintos Estados de Nuestra América que están bajo gobiernos progresistas. Aunque aclara, que los procesos, al encontrarse entre tensiones, no son siempre ascendentes: Avanzan, se consolidan, se estancan, retroceden, caen, vuelven a levantarse, avanzan, se consolidan, se vuelven a estancar, retroceden, etc. Linera va a sostener que: “Solo la lucha del pueblo ha de definir el futuro curso histórico del continente y del mundo”.

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