“Antes nos mataban por brujas, ahora nos persiguen por no pagar coimas”. Una tarde de putas.

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“No somos políticos, ni policías. Somos prostitutas, gente honesta”, dijo Adriana y todos se rieron; incluida la fiscal.

Eran seis. Todas semidesnudas en un sillón rojo de paño, muy elegante de lejos — de cerca algo ordinario, algo del Once –. De izquierda a derecha, una rubia, dos morochas, otra pelirroja, teñida de amarillo, canosa. De derecha a izquierda: trabajadoras sexuales. Se ríen entre ellas cuando las llaman así.

-Nos dan como un título universitario. Más formal. Más decente: Trabajadoras sexuales -dice entre risas la canosa, y tal vez la más veterana.

Nos hacen participes de sus chistes, de a ratos se callan o se hablan al oído. Me miran a los ojos, me coquetean y hasta se atreven a darme una tarjeta personal – antes ya lo hicieron con los policías más jóvenes – . Están tranquilas, conocen la jugada. Saben que van a pasar por una entrevista con la doctora, una piba recién salida de la UBA, falsamente simpática; después los policías les devolverán el DNI a cambio de que ellas “larguen” información. Pero no hay información, o por lo menos no hay más que decir: Ellas funcionan como cooperativa, porque entre todas pagan el alquiler de la casa, el dueño no pregunta, ellas no contestan y todos felices.

-¿Vos también sos policía? -Me pregunta la más joven, que está sentada esperando ser entrevistada por la psicóloga.

Hasta de los clientes que ahora están en el acta, se ríen. Aunque me cueste creerlo, mientras estamos ahí “va cayendo gente al baile”. Todos masculino, varían entre los 25 y 70 años.

Hay un joven impaciente, se estruja las manos y se pisa las puntas de los pies, una zapatilla encima de la otra. Dos Topper celestes, con puntera blanca; de los últimos rollingas. Sabe que está en problemas, pero más lo avergüenza ser él a quien encontraron con los pantalones en las rodillas; metiendo y sacando su sexo.

-¿Vamos a salir en la tele? Porque yo hago una hora de colectivo para venir a trabajar, mi marido piensa que laburo en un taller textil. Cosa que fue verdad hace un año, pero después de que cerró me dedico a esto. -Casi llorando, nos dice una de las dos morocha.

Más allá, parado y con un pucho en la mano, un señor de 60 años que me mira mal. El fue de los que entró mientras estaba el allanamiento. Esta caliente, en todo sentido, y es el más malhumorado. Ni bien me vio, me dijo: “Pendejo, no me vengas a grabar ni hacer preguntas. No seas pelotudo”. Retrocedo en mis pasos.

Tiene un buzo bordo de mangas azules con el nombre de la fábrica donde trabaja estampado en la espalda. Pantalón gris de marca Ombú, con varios bolsillos al costado, y unos zapatos de punta de metal. Sí no fallan mis oídos, le dijo a un oficial que es tornero, que en la fábrica lleva “una vida” y analizó sobre la falta de oficio en la juventud, y la crisis educativa que hay en las escuelas técnicas. También, que los muchachos suelen venir a “descargar”, antes de irse a casa. Las chicas lo saludaron por su nombre, y hasta le preguntaron por su familia.

-No tenes pinta de poli. Los polis son feos -insiste y coquetea.

Me chista, y me advierte por estar mirando fijo al señor.

-No lo mires tanto, que Antonio se te enamora.

Risas de todos, incluido Antonio.

El tornero sigue criticando la juventud sin compromiso y con todo servido. “Los pibes hoy no se calientan por nada, les das un celular y listo”, pero es él quién está aprehendido, en el acta de la policía, enamorado de una de las chicas y en una casa que por afuera parece común y corriente. Pero es un “privado”.

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Privados. En el Siglo VI, se sospecha que en la antigua Atenas se instaló el primer prostíbulo. Y así como hoy existen estos “privados”, en la Edad Media (S. XII) se camuflaban como tabernas o bares, y el código era colgar un ramo en la puerta. A partir de ahí muchas señoras bien, quienes sus maridos les eran infieles, empezaron a llamarlas “rameras”.

Prostitución. Proviene del latín “prostituere” y su significado literal es: exhibir a la venta.

Sexo pago. Carlo Magno ordenó cerrar todos los establecimientos donde a las mujeres se les permitía tener relaciones sexuales pagas y dispuso el destierro de ellas. Pero dada la gran corrupción, las medidas legales resultaron estériles. Durante las Cruzadas, las prostitutas se vestían de hombres para poder viajar junto a los ejércitos, y así ofrecerles al anochecer sus servicios.

En el siglo XVI, en España, para que una joven pudiese entrar en una casa pública de prostitución, tenía que acreditar con documentos ante el juez de su barrio. Los requisitos eran ser mayor de doce años, haber perdido la virginidad, ser huérfana o haber sido abandonada por la familia, siempre que ésta no fuese noble.

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A las 19 horas, la policía tocó timbre. Antes se encargó de tapar todas las cámaras de seguridad que tiene la casa en sus paredes. Alguien abrió y uno por uno fueron entrando al grito “Policía, policía”. No fue violento. Yo entré detrás del último oficial, por suerte seguía la puerta abierta porque de no ser así, no hubiéramos visto nada. A penas había pequeñas luces rojas en los rincones del hall de entrada, una tele encendida en Crónica, y un tubo fluorescente que acababan de prender; aún iluminaba débilmente.

-Vos quédate acá, están desnudas -, me dice el último policía. Bajo la cabeza y levanto el pulgar.

Estoy parado en lo que sería el despacho; me causa gracias una cartulina blanca, escrita con fibrón negro, que dice: Amigos de la casa, por inflación a partir de Diciembre las tarifas suben.

Es un salón azul lleno de adornos de plástico. Replicas de monumentos internacionales, elefantes con billetes en sus trompas, sahumerios, algunos libros, porta retratos de famosas desnudas, cofres cerrados, cajas musicales. Lo que me llamó la atención fueron el Gauchito Gil, un San Jorge matando al Dragón, un cuadro de Evita y las estatuillas de ángeles. Desencajan con todo.

-Son regalos de los clientes más habituales. Muchos son camioneros o remiseros, y piensan que esto es una extensión de su vehículo -, me dice una morocha.

Tendrá unos 40 años, y sí me miente con que tiene menos le creo. Corte carré, pintada hasta la medula; muy simpática. Linda, atractiva.

-Adriana -, se presenta y me ofrece su mano derecha. Lo pienso mucho, pero igual le doy la mano. Esta fría, respiro.

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Se termina de leer el acta, y las chicas dicen estar conformes con lo leído. Que no tienen ni un problema con que se requise el lugar, pero que por favor no se roben nada.

-A ustedes nos los conocemos pero sabemos de mucho polis que vienen y se llevan cosas. Paso acá y en varios privados de conocidas.

-Ah, ya pasaron por acá. -La fiscal.

-Sí, esta casa es de público conocimiento. Sí llegaron ustedes hoy es porque antes se enteró todo el barrio, y antes la policía, y en el medio los políticos. -Cortante Adriana.

-Perfectos, señoritas. Procedan con la requisa. -Sentencia la fiscal.

-¿Por dónde empezamos? -pregunta el oficial a cargo de la requisa.

-Por donde quieras, son todas habitaciones, y una cocina… -se ofusca, ordena de mala manera y dirige la doctora.

Camas de dos plaza y de una, mesa de luz con luz roja, preservativos, gel intimo, mucho gel intimo, consoladores, alfombras, ventiladores de pie, de techo y hasta uno manual que cuelga de un respaldo.

-Regalo de un colectivero amigo -me dice Adriana y nos reímos.

Sandalias, vestidos, zapatos con taco, tacos muy finos, disfraces de mucama y enfermera, corpiños, tangas – que de tan finas parecen que pueden cortar la carne – y batas al estilo geishas. Del techo cuelgan detalles orientales como grullas, y hasta lámparas de papel rojas, con letras japonesas en negro. En uno de los cuartos hay un cuadro japonés, de un pescador que trata de sacar una trucha del agua pero en el río se baña una mujer desnuda, que lo seduce y lo distrae. La cultura oriental sabe ser sensual hasta en sus pinceladas. Sí hasta Henry Miller fue débil ante lo llamativamente sexual que es Japón, y terminó casado con una nativa. Como no iba a hacer efecto en un colectivero, taxista u obrero de la zona.

La policía revuelve cajones, sacude vestidos, mueve los muebles y hasta golpea las paredes para ver sí están huecas.

-Ariel, cuando termines ahí, abrí la puerta y dale una mirada al cuartito ese -señala el oficial a cargo.

Todos nos dimos vuelta para ver donde estaba “el cuartito”. Ariel terminó con la pieza y nos metimos en un cuadrado de uno metro por uno metro. Apenas iluminado por unas velas en el rincón, entre ellas tres estatuillas de una misma mujer morena y desnuda. Hermosa, de cuerpo fibroso. Esta parada o sentada, varían entre ellas, acariciándose con sus manos largas y marcadas por las venas, las tetas. Lleva en su cara la expresión del orgasmo femenino, con todo el placer que puede representar y hasta con cierto enfado. Es una fiera negra. Una pantera. Una diosa acabando. También hay varios perfumes desparramados, más tangas, habanos, alcohol y plata.

-Ella es la Pombagira, nuestra diosa y protectora -. Me confiesa Adriana. – Ella nos cuida. No solo nos atrae clientes, por ende plata; sino que nos protege de maltratos, malas rachas y enfermedades. Es la diosa del amor. -

La Pombagira, tiene su origen en Brasil. Es una entidad pagana, son espíritus maleducados, impúdicos, agresivos. Dice palabrotas y da carcajadas. Pombagira es el espíritu de una mujer que en vida habría sido una prostituta, mujer de bajos principios morales, capaz de dominar a los hombres mediante sus proezas sexuales, amante del lujo, del dinero y de toda suerte de placeres. Es poderosa, especialista en “amarres de amor”. En el ambiente se la respeta, es líder y patrona. Según Adriana todo privado tiene un santuario, y si no lo tiene “que lo vayan haciendo”.

-Ni en pedo toco esas cosas, Jefe. Por acá terminamos. -Finaliza la requisa con miedo.

-No la mires fijo, ni les saques fotos. Se puede enojar y te la llevas

Le prohibí al cámara que se acerque. Nos dimos media vuelta y empezamos la retirada, sin darme cuenta que al estar primero, iba a quedar último. Los últimos pasos los hice bien rápido y cortos, casi en puntas de pie. Cerré la puerta, y descanse.

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-¿Vos entendes como funciona esto? – me pregunta Adriana.

-¿Cómo funciona qué? -

-Esto. Que viene la policía, arma un acta de la nada, nos prohíbe trabajar por hoy, pero estamos libres por si mañana queremos volver a abrir.

-Sí, escuche eso. Que hoy se cierra la casa, pero que mañana todo como si nada.

Me invita un mate que no vi de donde lo sacó. Pienso en rechazarlo, no sé por cuantas bocas paso, ni cuantas cosas pasaron por esas bocas. Pero si quiero seguir hablando tengo que aceptarlo. Es amargo, me gusta.

-Nosotras nos manejamos de forma cooperativa. Cada una tienen sus clientes, que llegan y piden por alguna y si tienen que esperar, esperan. En promedio, por noche, atendemos unos diez clientes cada una. De esa caja personal, sacamos un porcentaje para pagar el alquiler semanal. Si alguna no llega, o una semana no puede, se la aguanta y lo devolverá más adelante. Las chicas que recién empiezan, por lo general no se les cobra la primer semana; así saben de qué va. Todos los lunes pasa el dueño de la casa, y sin preguntar nada, se lleva lo arreglado. Imagínate que acá tenes un turno solo, tenes el otro turno que entra después de nosotras. Acá no trabajamos para nadie. Somos independientes -.

Le devuelvo el mate.

-Hacen esto para justificar el sueldo. Sí quisieran agarrar, o mejor dicho parar, el tema de la “trata” ya saben dónde buscar. Pero sí buscan se van a encontrar con políticos, policías, empresarios, gente de la justicia. Cosas pesadas.

Silencio, Adriana busca complicidad en mí. Se la doy a duras penas.

- Claro…

-Estos vienen, hacen la escena de allanamiento que me parece perfecto. Es su laburo. Pero cuando los llamas por maltrato no vienen, o vienen después de que pasó todo. Cuando los llamas por robo, ni aparecen. ¿Sabes cuantas veces nos robaron y nos cagaron a piña por unos mangos? Una noche buena acá, son más de 30 lucas… nos entran a robar antes de cerrar y nos la ponen de parada. Por eso pusimos cámaras, casi que abrimos a los clientes ya conocidos. O a ojo.

-¿Che, y la gente del barrio qué dice? Porque medio que esos movimientos los nota la vieja chusma o el viejo, o cualquier vecino medio despierto.

-La gente del barrio encantada. Los hombres más…jaja… No nos dicen nada. No nos metemos con nadie. Para ellos somos vecinas y punto. Es más, te diría que cumplimos un rol social.

-¿Cómo es eso del rol social?

-Capaz no me crees, pero todavía hay padres o tíos que traen a los pibes a debutar. Hasta suelen pasar ellos primeros o después, con la misma chica. Por otro lado, hay una mujer, de acá a la vuelta, que tiene un hijo en silla de ruedas, con una parálisis corporal pero que habla. El pibe le pidió, escucha bien, le pidió tener relaciones sexuales. Y no por pajero, sino por necesidad orgánica. Yo soy la que más maneja el tema clientes, o el trato con la calle, me consultó primero a mi y después entre todas decidimos quien iba a hacer el servicio. La vecina lo trajo y el privado ese día se abrió antes, solo para el nene. Se lo atendió, la madre espero en la sala y listo. Sabes, cuanto hombre socialmente feos viene a esta casa a ponerla porque afuera no tiene chances ni de tocar un culo.

Me mira fijo, me intimida. Me leyó.

-Entonces vos ves a la prostitución, o por lo menos acá, como una asistencia social a parte de todo lo sexual y la carga “moral” que le da el común de la gente. La persona que juzga fácil encuentra en ustedes una excusa para escandalizarse.

-Claro. Nosotros somos un servicio para la comunidad. Y no hablo del pajero que viene acá a hacerse el macho, paga y pide que le chupen el culo porque su “jermu” no quiere. Hablo de este tipo de casos que te comento. La prostitución siempre fue un servicio, antes nos mataban por brujas, ahora nos persiguen por no pagar coimas.

Más claro imposible. Adriana tiene más calle que todos los que estamos ahí dentro. Ni bien entramos nos saco la ficha a todos. Para ella somos precoces. Para ella hoy, acá, no hay hombres.

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Creo que es el quinto tequila, antes ya pase por la cerveza y algunos fernet. Tengo 19 años, y podría acostarme con alguna de las chicas que me rodean. Puedo ser pretencioso y estirar las palabras hasta la más linda, o ser vago y terminar coqueteando con la que todos dejan para el final de la noche. Hoy no tengo pretensiones, solo ganas de ponerla. Tengo en llamas el pantalón, no sé si fue el alcohol o la petisa que baila justo detrás de mí, y que roza su espalda con la mía. Que baja con la música hasta el suelo, y me pasa todo su culo por mis piernas. Arde. Aprieto el shot de tequila, me contengo. Siento la presión de mi sexo contra el jeans. Me duelen los pantalones con cierre, prefiero los de botones.

-Dale, goma. Veni, que vamos con los pibes a las putas de acá a la vuelta.

Nunca estuve con una puta. Nunca hasta hoy. Me repito que podría chamuyar para lograr algo, pero la vagancia me gana y los 70 pesos en el bolsillo son suficientes para pagar por sexo.

Uno de mis amigos me sacude de nuevo, y me despierta.

-Dale, negro. Dale, que nos vamos todos. Sí tenemos suerte entramos y cada uno se va con la suya.

Le pido que no me mueva tanto, me mareo. Basta. Los sigo pero que no me sacuda para todos lados. Parecemos niños corriendo para llegar primeros a la montaña rusa, y no tener que hacer fila.

Doblamos en Malnatti, todo San Miguel sabe que a media cuadra de Tribulato hay un privado. Se dice que lo regentea un político, más la comisión de la policía. Recuerdo que conozco a un policía que fue capaz de cerrar los prostíbulos de Ruta 8, esos que pertenecían a Rico según “la gente”.

Tocamos timbre, sale un patovica con cara de aburrido – yo tendría la misma cara si trabajara en un lugar donde van todos a ponerla y uno no puede. Como atender una heladería siendo diabético – . Primero abre las rejas, entramos al porche, luego abre otra puerta de madera y nos dice que nos sentemos en un sillón grande que está debajo del ventanal.

-Ahora van a pasar las chicas y cada una va a saludarlos, les van a decir sus nombres y cuando termine la ronda yo les pregunto cual le gusto, la llamo y se van a un cuarto. Tienen 15 minutos.

No entendí ni una sola palabra, solo me quedo eso de memorizar un nombre. Me da vuelta todo. Estoy muy borracho, creo que voy a vomitar.

Pasan una por una. Todas en corpiño y bombacha, trato de memorizar sus nombres.

-¿Vos pibes cual queres?

- Angie.

- No hay ninguna que se llama así.

Es verdad. Me quede dormido en la segunda mujer, y lo primero que hice cuando me preguntaron es repetir el nombre de la chica que me gustaba en secundaria. Deseaba encontrarme con una Angie, solo para fantasear que estaba acostándome con ella.

-No sé, la tercera. -Ni idea cual era.

El patova se aleja unos metros y trae de la mano a una mujer rubia, de unos 35 años, 40… No es linda, pero sí tiene unos buenos pechos y culo. Encantado.

Me agarra de la mano y subimos por una escalera muy angosta. Suerte que son estrechas, sino ya hubiese caído de la borrachera.

Llegamos al cuarto, abre y me tira sobre la cama. No entiendo nada, se me da vuelta el mundo. Estoy borracho y siento como alguien me baja el cierre del pantalón. Ya no tengo el sexo duro, sino más bien blando. Chiquito. Metido para adentro. Siento vergüenza, estoy más tímido que de costumbre. Ella lo agarra, lo sacude y con unas caricias logra que se ponga firme. Apenas puedo despegar la nuca del colchón, y allá lejos, pasando mi panza, el cinturón, el pito duro y una mano que lo sostiene, veo a la rubia poniéndose el forro en la boca e inclinándose hasta mi, para hacerme sexo oral.

Por dios, quiero aplaudir esa jugada. Veo literalmente las estrellas. Esta mujer acaba de hacerme el mejor “pete” que llevaba en mi carrera sexual. Deja de jugar con él, se me sube con las piernas abiertas a cada lado, a la altura de mi cintura, se corre la tanga y me dice:

-Llámame Claudia -, mientras se va agachando para empezar el coito.

Náuseas. Mareos. Ya no solo el mundo me da vueltas, sino sus pezones, sus ojos, la nariz; la veo derretirse. Quiero tocar sus tetas con mis manos, y se me alejan. O directamente, casi soy inútil con mis extremidades. Quiero vomitar. La empujó hacía un costado y empieza a los gritos; aun grita más cuando vomito sobre la cama.

Ni bien terminó de expulsar todo el tequila, los fideos de anoche, una mano me levanta por los aires y me tira desde un primer piso hasta abajo. No toco ni un escalón. Caigo parado y atrás mío caen puteadas. De vuelta la mano me agarra de la remera, y me lleva a los empujones hasta la puerta de entrada. La abre, hace lo mismo con las rejas y me recomienda que espere a mis amigos ahí.

Afuera.

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Según un simpático estudio en la Antártida, uno de los bienes más preciados son las piedras. Cotizan a la hora de instalar nidos, en especial entre los pingüinos. Los académicos notaron cierto comportamiento en las hembras, que decidieron denominar “prostitución”. Si bien no se prostituyen por plata, sí lo hacen por las piedras.

Una de las especies que tienen ese curioso comportamiento es el pingüino de Adelia, un ave que se caracteriza por su pequeño tamaño. Suele medir entre 60-70 cm y pesar entre 4-7 kg. Poseen un anillo blanco alrededor de sus ojos, y es una especie oriunda de la Antártida.

Este deseo por poseer piedras ha llevado a que algunas hembras se “prostituyan” por las mismas y así, aprovechando los períodos en que el macho abandona la colonia en busca de alimento, aceptan ser “infieles” a cambio de pedruscos ofrecidos por otros machos desparejados. A veces, incluso las hembras engañan a estos “solteros de oro” y realizan todo el ritual de cortejo aceptando sus piedras pero no teniendo relaciones sexuales con ellos.

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