Andy

El jueves pasado vi a una persona muerta en la calle. O lo que sería más cierto de escribir: vi una manta plástica y policial que cubría a un cuerpo. Un cuerpo muerto. Eso vi desde arriba de un colectivo en la intersección de Paseo Colón y México, a una cuadra de mi trabajo, a veinte metros del colegio Otto Krause.
Esa situación en un lugar cotidiano altera cada milímetro a la redonda, como si el muerto fuera el ojo de un huracán que arrasa con el efecto ordinario de hacer las mismas cosas de siempre en las mismas calles de siempre. No hay manera de sentirse ajeno. Incluso aquellos que muestran esa actitud quedan expuestos. Entonces uno retira los ojos de la manta, hace un paneo con la mirada y ve decenas de gestos. Ese día hice eso y vi…
a dos policías y un patrullero custodiando el cuerpo,
a personas haciendo fila para sacar plata de un cajero,
a gente que miraba la escena desde las veredas,
a un kiosquero que vendía una barrita de cereal,
a un colectivo de la línea 159 detenido y con el parabrisas trizado,
a una familia de indigentes acostados sobre un colchón en la vereda,
a una ambulancia que ya no podía hacer nada,
a un hombre que metía un trozo de carne en su boca en el restaurant de la esquina…
Así iba, caminando y mirando, hasta que vi lo que no hubiera querer visto nunca: una mochila sobre el asfalto junto a la manta plástica. Y escuche a alguien que dijo: “Ahí va el jefe de preceptores a hablar con la policía”. Y mire hacia la esquina del colegio y vi a chicos y chicas llorando, tapándose la boca con una mano en señal de incredulidad, agarrándose la cabeza, abrazándose.
Unas horas después, mientras esperaba el colectivo para regresar a casa, escuché la conversación entre una señora y el inspector de la línea 130. La mujer -indignada- reclamaba que haya más policías de tránsito, que no podía ser que los colectivos vayan a tanta velocidad, que va a volver a pasar. El hombre -resignado- decía que no veía la solución, que los chicos hacen cosas de chicos, que siempre los ve cruzando mal, que en una semana todos se olvidan, que va a volver a pasar.
Al día siguiente camine las cuadras de siempre hacia el trabajo después de bajar del colectivo. En apenas veinticuatro horas la cotidianidad callejera había arrasado con la muerte toda. Yo quería saber el nombre de ese pibe. En el trayecto me encontré con varios grupos de alumnos. Me acerqué a uno de ellos, les pregunte y me contaron: “Se llamaba Andy Camacho, era de 1º 13, tenía 13 o 14 años. Estaba yendo a comprar comida para almorzar. Nosotros no lo conocíamos. Ahora están haciendo una colecta en la escuela para ayudar a la familia. Dicen que calculó mal, que iba corriendo. Otros dicen que un compañero lo empujó. No sabemos, dicen de todo”.
Andy fue velado en una sala de Nueva Pompeya, un barrio humilde de Buenos Aires. Y sus restos descansan desde el sábado pasado en el cementerio de Flores. Busqué su cara en alguna foto de Facebook, pero no la encontré. ¿Cómo sería su sonrisa? ¿Y su mirada? No lo sabré. Pero quería ver esa foto. Quizá para ponerle un rostro a esa experiencia de la muerta tan cercana, tan real, tan joven. Tal vez para enfrentar un poco a esa normalidad que sepulta en el olvido a los muertos de todos los días. ¿Quién se va a acordar de Andy Camacho en unos días, en unas semanas, en unos meses, en unos años? Yo mismo me voy a olvidar de él. Por eso escribo. Para leerme en un tiempo y recordar a ese chico y volver a sentir la angustia y el miedo de la muerte impredecible e inoportuna.
En fin, recuerden -recordemos: se llamaba Andy Camacho y tenía 13 o 14 años.

Discusión (0)

No hay comentarios para este documento aún.

La generación de comentarios ha sido deactivada en este documento.