Amantes extraviados en el Triángulo de las Bermudas

Con el guiño de Wikipedia decimos que El Triángulo de las Bermudas es un área del Atlántico entre las Islas Bermudas, Puerto Rico y Miami con forma exacta de un triángulo equilátero. Entre los años 50 y los 80, ese paso de agua fue evitado por pilotos y tripulantes supersticiosos, convencidos de que allí se producían misteriosas desapariciones de barcos y aviones y, justo es decirlo, también se transformó en una inagotable fuente de recursos para un autor yanqui, un tal Charles Berlotz, que se hizo rico vendiendo más de 20 millones de ejemplares de su libro (que previsiblemente se llamó “El triángulo de las Bermudas”). En ese folletín escrito con las uñas de los dedos del pie, Berlotz no se privaba de amplificar y propiciar todo tipo de funestos episodios de aeronaves y embarcaciones que al atravesar ese tramo se disolvían como si fueran alcanzadas por un misterioso rayo del más allá. Porque la afiebrada imaginación del tal Berlotz no se privaba de asociar el “poder reductor” del triángulo con seres intergalácticos. O, mejor dicho, “no lo descartaba”. El curro editorial del buen Berlotz decayó progresivamente cuando empezaron a difundirse estadísticas científicas que demostraron que el índice de siniestros en el mentado triángulo no era mayor que el de cualquier otro rincón embravecido del océano. Develado el engaño, hoy ya nadie se acuerda del Triángulo de las Bermudas salvo, quizás, algún lector trasnochado que a falta de otra idea para titular una reseña sobre “La mujer justa”, de Sándor Márai, desempolva la vieja leyenda. El único punto de contacto, digámoslo de una vez, lo da la geometría. Aquí también estamos en presencia de un triángulo, sólo que los lazos de amor-odio que unen y repelen a Marika, Peter y Judit, están a años luz de ser pura espuma. El húngaro Sándor Márai es (o mejor dicho “fue” porque después de atravesar todos los tropiezos del siglo XX se quitó la vida en 1989) uno de esos escritores que honran la palabra. La rebuscan, la encuentran, la tallan y siguen buscando. El libro está escrito en primera persona por tres. Alternativamente, los amantes relatan su versión de la historia, la historia que inevitablemente ligará a los otros dos, y los devolverá a la orilla transformados, con los corazones magullados después de las turbulencias de un amor que acaba por no ser correspondido por ninguno. Marika ama obsesivamente a Peter, que ama secretamente a Judit, que lo único que ama es una revancha, la revancha de una criada marcada a fuego por una biografía de miseria y privaciones, que hace blanco en el incauto Peter. Como se ve, con “La mujer justa” sucede como en esas películas sobrecogedoras que no resisten ser contadas, porque todo intento por explicarlas las reduce, les quita encanto. ¿Qué es el triángulo amoroso sino un tópico trillado por la literatura universal? Precisamente, en manos de Márai, como en manos de un director talentoso, lo narrado mil veces se torna diferente, intensamente real. Las palabras justas. En ese camino va la búsqueda de Márai, con la misma devoción con la que los amantes se extra-vían en busca de la mujer o del hombre justos. “No habría podido expresar esto con palabras -dice un tramo del monólogo inicial, el de Marika- aunque me hubiera pasado una noche entera en el confesionario. Pero él lo sabía, incluso sin palabras, y en secreto, en el fondo de mi corazón, yo también lo sabía; sin necesidad de las palabras justas, porque entonces aún no disponía de las palabras adecuadas para expresar los fenómenos de la vida. Las palabras justas llegan después y hay que pagar un alto precio por ellas”. Las primeras veinte… veinticinco páginas se leen conteniendo el aliento. La que habla es una sobreviviente, una mujer corajuda que intuye que nada de lo que haga podrá torcer lo inevitable pero aún así se embarca en ese mar picado, terreno donde el fatalista de Bertolz diría que hasta los aviones se hunden sin dejar rastros. Es cierto que “La mujer justa” no logra mantener la intensidad narrativa de punta a punta; hacerlo a lo largo de una novela de más 400 páginas sería una tarea titánica y agotadora (no sólo para el autor). Pero aunque sólo fuera por entrarle a esas abrasadoras páginas iniciales el lector ya se vería compensado por la novela de Márai. Los protagonistas encarnan los extremos de unas categorías sociales que ya nadie llamaría en los términos que utiliza Márai. Judit es la proletaria que subsistió buena parte de su niñez viviendo en un hoyo con su familia de origen y una familia ampliada, la de los ratones de campo. Marika es la aspirante a una burguesía que encuentra su desahogo (a sus apuros económicos) cuando se casa con Peter, un aristócrata conflictuado y sin rumbo, un artista sin arte. Más que el hombre justo, Peter se revela como la presa justa para la venganza que Judit viene cocinando desde los tiempos en que residía bajo tierra entre roedores y que no es otra cosa que la más profunda infelicidad. “La mujer justa” se publicó inicialmente en 1941 y sólo incluía las dos primeras partes: el monólogo de Marika y la contracara de Peter. Ocho años después, el autor agregó la versión de Judit, la tercera en discordia.

El libro de Márai es de esos que conmueven, iluminan y provocan al lector en partes iguales.

Etiquetas: Literatura

Discusión (0)

No hay comentarios para este documento aún.

La generación de comentarios ha sido deactivada en este documento.