Agua que no has de beber

Apenas llega al metro cincuenta. Su pelo arreglado con ruleros y trabajo de peluquería, junto con la prolijidad de sus uñas, da cuenta de su personalidad rigurosa. Sus ojos atentos a los detalles. Mientras habla se ocupa de que el mantel, en su mesa de San Antonio de Padua, no se arruge demasiado. Dora Cimbalo es jubilada hace 24 años, dejó de trabajar en 1992. A sus 82 años ya no se acuerda bien si fueron 25 o 26 los años trabajados en el Hospital Interzonal General de Agudos Profesor Doctor Luis Güemes, ubicado en la localidad de Haedo.

Experimentó por primera vez la enfermería a los quince años de manera casual. Su papá había fallecido repentinamente y su mamá, que no tenía trabajo, debía mantener a una familia de varios hermanos. Era un momento complicado, su madre tenía que operarse de vesícula, que entonces no era algo simple. Después de la operación en el hospital Piñeiro, era necesario aplicarle varias inyecciones que costaban mucho. Al no tener alternativa, Dora le explicó al médico.

“–Mire yo no puedo pagar la aplicación de las inyecciones, mi mamá no trabaja y yo vivo de
lo que trabaja mi mamá.”

Después de preguntarle su edad, el médico la llevó a la dirección, donde el director la autorizó para que aprendiera a aplicar inyecciones intramusculares.

–Lo primero que aprendí fue a dar inyecciones, me acuerdo que me dijo la jefa de enfermeras “Anda a hacerle a la cincuenta y cuatro”.

–Cuando volví me dijo “¿La hiciste?”. Y le dije “Si”.

–“Bueno ahora ya sabes”. Era mi mamá.

El Hospital de Agudos de Haedo tiene cuatro pisos más un subsuelo. ​Distintos caminos conducen a pequeños edificios que lo rodean, algunos abandonados, otros habilitados ​. En uno de ellos funcionó la Escuela de Enfermería Profesor Dr. Ramón Carrillo. Ella pisó por primera vez el lugar en 1950, a los dieciséis años, para empezar a estudiar enfermeria. Dos años más tarde, una mujer se muere y la jefa de las enfermeras pide que vaya la chica

nueva a preparar a la paciente fallecida.

– ​Cuando yo llegué, la mujer tenía pulso. Se murió a las dos horas, pero no había llegado muerta. Y se comentó en el hospital. Unos días después la jefa me dice “nena, ahí te llaman de Dirección, anda”. Yo pensé ¿qué macana me habré mandado?.

Ese día, Eva Duarte visitó el Hospital y el Director Molinari contó el episodio, elogiando su escuela. Dora conoció a la “señora”, que estaba vestida con un traje gris por debajo de las rodillas y peinada con su emblemático rodete rubio.

– ​Me pregunta qué necesito, y yo vivía de lo que mi mamá lavaba y planchaba, entonces le dije “yo lo que necesito es un trabajo”. “¿Cuánto te falta para recibirte?” Me preguntó. – Yo le dije ”un año”. Y me dijo “bueno yo te voy a hacer nombrar auxiliar de enfermería por un año, si al año no te recibís se te acabó el trabajo”.

Después de conocer a Evita, Dora tuvo que dejar de trabajar ​como auxiliar de enfermería para pasar a ser secretaria de un importante radiólogo, el ​Dr. Jaime Francisco Roca, y al año siguiente renunció a la enfermería para estudiar radiología.

El Dr. Jaime Roca ​ingresó al Instituto de Cirugía de la Provincia de Buenos Aires “Profesor Dr. Luis Güemes” como Jefe del Servicio de Radiología. Además de haber sido médico, fue la persona que siempre había ayudado a Dora.

– ​Vino un día el doctor y me dice “Dorita, yo voy a ser el director de la escuela de radiología en el instituto, eso si, tenes que viajar dos veces por semana a La Plata”.

–” ​Doctor yo no tengo secundario”.

–” ​¡Lo hace de noche! Y se recibe porque sino la echo”. ¡Y me echaba eh!.

–Donde decías “soy técnico del doctor Roca”, te abrían las puertas. Te hacía empezar por la punta. Cuando yo llegué me hizo aprender a revelar con la cámara oscura. Después hice los huesos y las guardias, después fui al cuarto de digestivo. Entonces aprendíamos, porque el tema es asi, al médico hay que mostrarle lo que quiere ver con posición de libro o sin posición de libro.

La Sociedad Argentina de Radiología lo consideró como una persona que enseñó ​el respeto al paciente y el cariño al estudio y al progreso científico. ​“Ese hombre había nacido para la radiología” ​.

–¡Las cosas que consiguió en el hospital!. Se rompía un equipo y pagaba el arreglo. Después mandaba el cheque y si se lo pagaban bien y sino también. Lo echaron del hospital por política, lo acusaron de comunista, y a mi me consta que yo trabajaba en el hospital que no. ¿Pero sabes que tenía? dejaba que los comunistas se movieran alrededor
de él. A él le interesaba ser médico, no el partido político.

Para hacerse una radiografía en el Hospital de Haedo primero se saca el turno y después se espera a ser llamado al cuarto correspondiente. Se espera, a menos que se sea una persona privada de la libertad. El hospital cuenta con morgue policial, y en los años en que Dora trabajó nunca dejaron de atender a los detenidos que lo necesitaron.

–Los traían esposado y a mí me molestaba que la gente los viera ahí sentados y esposados. Así que en cuanto venían “-che, atiéndanlo”. Venían custodiado y todo pero a mi no me gustaba. Bueno, entonces tenía una muchacha con muy mal carácter, la sacaron de atención al público y la pusieron a hacer los informes, tenía una velocidad en la máquina de escribir, que te sacaba los informes de un día para otro. Bueno, un día yo paso y ella me
llama:

“–Vení Dorita, el detenido ese quiere hablar con vos
–¿Conmigo?
–Si, pero ya se lo que te va a decir porque me lo dijo a mi
–Que te dijo?
–Que si le ponía diecisiete años en el informe, me daba veinte mil pesos”.
–Claro, no sé lo que había hecho pero si le ponía diecisiete años era menor y no iba preso.
Donde hoy está ubicado el gigante supermercado Coto, “hasta el año que sucedió lo de Carrasco, que terminó con el servicio militar” funcionaba un centro del ejército donde se hacían exámenes médicos a los ingresantes. Dora trabajó durante cuatro años haciendo el ingreso de los soldados. El primer día bajó del colectivo en Ciudadela y se encontró “con un mar de muchachos”.

–Nosotros hacíamos las placas, después pasaban por el laboratorio que les sacaban sangre y la mitad se caía al suelo del susto. Me convenía, porque el hospital me daba permiso, al ejército no le podías negar. El ejército me hacía un contrato desde mediados de agosto a fin de noviembre, y en ese entonces me daban ochocientos pesos. ¡Pero tenía que hacer quinientos soldados por día eh!.

–Mi compañero llegaba siempre tarde y un día le digo “mira Sergio hace una cosa”, ¡yo no alcanzaba la máquina! “déjame la máquina cargada y yo cuando vengo empiezo”. Un día fui a trabajar, y encuentro arriba del comando, un sobre que decía “Dorita”. Abro el sobre, veo plata y justo viene el técnico que era del ejército.
–”¿Y esto qué es?”
–”Callate la boca y guardatelo, esos son los acomodos que hacen para salvar a los colimbas”. Entonces les cobraban como ochocientos pesos. El general eh, pero te daban la participación. Y el médico que me llevó, era coronel y un día trajo un chico y me vino a traer la plata, le dije “no doctor, no”.
–Y me dijo “Sí, porque esa es la ley acá”.
Después de reunir 55 años de aportes, porque “con el temor de los cánceres, no te querían en negro, tenías que aportar en blanco”, renunció a su puesto de supervisora de radiología en el Hospital de Haedo junto a la jefa del servicio de médicos. Las dos juntas, porque les “mandaban recomendados políticos con el nombramiento bajo el brazo. Un día viene un muchacho y le digo:
–¿Que necesita?.
–Soy el nuevo técnico, vengo de La Plata. Este es mi título, vengo para hacer la guardia de los miércoles.

La guardia era de veinticuatro horas y yo los miércoles hacía más de quince años que tenía a una señora que lo hacía. La mujer tenía organizada su vida conforme a eso. Entonces le digo:
–Bueno, venga, le voy a presentar al director.
Voy a la dirección y digo:
–Doctor, ahí me mandan un técnico
–¡Que suerte! vas a tener uno más
–Espere, dice que viene a hacer la guardia de los miércoles y yo los miércoles tengo a Teresa
–¡Pero no! Donde le quede bien ahí lo vamos a poner. Andá que yo lo atiendo.

No hice más que llegar a mi despacho y sonó el teléfono.
–Tenés que darle los miércoles.

Después me tuve que pelear con mi compañera porque tenía toda la razón del mundo. Por eso deje el hospital, porque te faltaban el respeto. Ese mismo, el de los miércoles, agarró del cuello a un médico residente, porque siempre había uno con el técnico de noche. Se peleó no sé por qué. Y la sanción ¿cual fue?, cambiarlo de hospital, nada más. Entonces, a mi esas cosas me aburrieron.

 

Por  Meichtri ​Manuela y Pizarro Ivana

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