A Serbian film

La mujer le pasó el recién parido. Era fofo, tenía celulitis, la cabeza deforme y totalmente inútil. Había que cuidar que respirara y no se ahogara con los mocos. Tenía olor a placenta y a concha. Eso fue lo único agradable. El tipo miró a la mujer. Deforme, inmensa, hinchada como un elefante rosa que vuela por sobre el Pentágono. No quiso mirarle la vagina, pero ello sería como un agujero negro donde podría perderse media humanidad. Entonces le dio un beso en la mejilla, evitó la boca porque le sintió aliento a bosta y sonriendo con cara de Maquiavelo, se llevó el bebé. No había gente en la sala y los asientos eran tan duros como se le puso la pija al chabón. Los agujeritos eran nuevos y todo tenía esa virginidad inocente, estúpida e incapaz que lo llevaba a pensar en la docencia. Él lo haría conocer lo primero del mundo. La energía más sublime. El llanto del bebito era el sacrificio purificador, el martirio que devolvería la honradez al mundo. Y en su éxtasis, vino una perra. Flaca, recién parida, tetas largas, muerta de hambre. Era alta y huesuda. Su poca fuerza le alcanzó para borrarle la cara al tipo. Luego la yuta, los medios, la mujer suicidándose y alguien diciendo que la pedofilia se acabaría en un mundo sin niños.

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