A la hora que sea

Hasta la hora que sea

Mirá tus tíos ¿qué les falta? y sin embargo no tienen nada; me estaba diciendo justo cuando apagué el motor. Abrí la puerta y mis tíos quedaron en el auto para cuando toqué el timbre.

Me preguntó que hacíamos ahí, quise decirle que no tenía ni idea, que ya no sabía qué hacer para no verla sufrir, pero le dije que era para ver si este hombre podía ayudarla. Gracias hijo. Gracias. Pero si Dios así lo quiere, ¡qué vamos a hacer! Repetía. Me callé.

Entramos de la mano, como hacía mucho tiempo que no entraba a ningún lado con alguien. Y menos de la mano de mi madre. Esa mano me acercaba a tantos recuerdos y estando bien en desacuerdo, también me obligaba a tener conciencia de que las cosas dolorosas suceden y no piden permiso.

Vieja tranquila, son agujas pero no duelen, le dije. Para ella, todo lo que viene de un hijo es bueno, incluso el enfrentarse al dolor.

Era un lugar amable y me daban ganas de llorar. Ella seguía confiando en mí y yo seguía sin tener ni idea. Pero como siempre, su mirada distorsionaba mi dolor y lo convertía en incondicional apoyo. Cuando la llamaron apretó fuerte mi mano, y la volví a sentir. No quería que la deje, y yo no quería que se vaya. Entendí.

Fueron casi dos horas de espera, una de lectura haciendo que leía y otra de cafés. Y entonces el médico abrió la puerta como escapando, y la cerró nuevamente, pero esta vez con mucho cuidado. Dios dije, Dios.
Está profundamente dormida, me dijo. Seguía pensando en cómo cerró la puerta y sólo pude pensar que eso de hacer las cosas con mucho cuidado, era propio de ella. Siguió diciéndome, hay que esperar a que despierte, lleve el tiempo que lleve ¿Está de acuerdo? Me preguntó, y yo dije, sí.

Y no sé por qué, se me ocurrió decirle al señor mientras se corría los anteojos para refregarse una y otra vez los ojos, sobre el ritual. Se puso los anteojos como si quisiese ver la nitidez oculta en mis palabras, y le conté. Mi madre tiene una rara costumbre, no sé si tendrá algo que ver pero hace poco me enteré, que para poder dormirse hace algo raro. Veo que acá no le hizo falta dije. Continué, primero se fija que no haya nadie levantado en la casa, y espera pacientemente hasta la hora que sea pero, no tiene que quedar nadie levantado. Y entonces, es cuando guarda todos, todos los cuchillos y objetos cortantes de la casa, y me sonreí esperando otra sonrisa. Nada. Y menos ahora entiendo, sonrisas.

Me respondió con una pregunta, ¿usted vio alguna vez desnuda a su madre? no le dije, de que mierda me habla este tipo pensé, no, no, repetí; le digo esto, me dijo cambiando la mirada, porque si usted hubiese visto lo que yo vi en el cuerpo de su madre, también se tomaría la molestia de esconder, y no guardar, todo los cuchillos de la casa a la hora que sea.

Pedro P.

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