A cabecear pantalones

 

 

La feria de San Francisco de Solano es una de las más largas de Latinoamérica. Su gran variedad de artículos a la venta, organizados en locales de contrastes e historias particulares le ponen nombre a la resistencia del conurbano bonaerense a las malas políticas de Estado.

 

 

Carlos se levanta antes de que salga el sol. Se pone su bombacha de gaucho y toma un mate amargo. Prepara las jaulas con sus pájaros y los carga en la caja de una camioneta Ford gastada y oxidada, que lo ayuda a recorrer la distancia entre su casa de campo y la feria de Villa Solano.

Con los primeros indicios del sol arma su puesto de venta. Una jaula arriba de otra: Canarios, gallinas y cardenales. Acomoda su boina negra y se apoya en su “chata”, como él le dice, a esperar algún vendedor.

—Lo que má’ se vende son gayo’ y gayina’. La gente los usa pa’ comer—dice mientras golpea las jaulas para tranquilizar a sus animales—.A todos estos los crio io.

Son las 7.30 de la mañana de un sábado que promete ser caluroso y los vendedores ya tienen, en su mayoría, los puestos armados. La Avenida Donato Álvarez se transforma en la feria más larga y variada del país con unas treinta cuadras aproximadamente. Aunque algunos aseguran con acritud que “es la feria más larga de Latinoamérica”.

Una tela media sombra negra cubre los puestos de lado a lado. Entre ellos arman un túnel largo y ancho con más locales en el medio, como si fuera un boulevard. Algunos aprovechan las sogas que sostienen el techo para colgar ropa. Quienes pueden la esquivan, aunque la mayoría avanza cabeceando pantalones.

—Papirri, lo más barato lo tenés acá — los gritos de los vendedores se mezclan con los murmullos de quienes compran y Gustavo Cordera canta para todos que “el tiempo no para”.

—Esta primera parte de la feria es, en su mayoría, de ropa—dice Gloria, una mujer rubia de unos 60 años que trabaja en un puesto de remeras y pantalones para niños—.Nosotros, con mi marido, somos fabricantes. Hace 45 años vivimos de las ferias—comenta con orgullo.

—Vos fijate todo el tiempo que llevamos en ferias, pero desde que abrió Solano, hace unos 15 años, que podemos descansar un día—aclara su marido.

Por momentos el tránsito se entorpece: es, cuando la feria colapsa de gente, basta con que solo una persona se detenga en un puesto para estorbar a los que vienen detrás. Entre tanta confusión, algunos les piden permiso a los maniquíes y ríen al darse cuenta.

—Es una feria que, si bien está solo los miércoles y sábados, vive mucho del día a día de la gente. Las primeras dos semanas del mes Solano explota. Pero este caos de gente no lo ves ni loco un 29, por ejemplo.

—Si seguís mirando vas a encontrar puestos con ropa revendida de otros lados. Pero también vas a encontrar gente que vende lo que tiene, o lo que puede.

La feria de los mil olores

La cabeza de un chancho con los ojos cerrados cuelga del gancho de una carnicería armada en un trailer, donde se mezcla el olor a carne con la lavandina.

—¿Qué, nunca viste un chancho?—bromea el carnicero, un hombre canoso con un cuchillo largo y ancho en la mano que exhibe algunos cadáveres como si fueran trofeos—.De donde salió éste hay más todavía.

Ahora los puestos de ropa son intermitentes. La feria se hace más ancha y aparecen con más frecuencia los lugares de comida. El olor a fritura invita a todos hasta un cartel de “empanadas salteñas”. Allí un hombre amasa las tapas, una mujer las rellena y las mete en la máquina de freír.

A un costado hay un paradero con mesas, algunas de plástico y otras  clásicas de fierro y lona de todo bar porteño.

—Nosotros no compramos nunca nada en la feria. Pero no hay un sábado que nos perdamos venir a comer algo—dice una pareja mientras come y toma una Quilmes helada.

—Uno deja de comprarse ropa o celulares. Pero nunca dejás la comida—comenta Horacio, un hombre de unos 40 años, pelo y ojos negros. Hace una pausa mientras seca la transpiración de su frente con una toalla—, Y las familias que menos tienen, también tienen derecho a salir a comer. Nosotros manejamos los costos para poder hacer algo bueno y barato.

Pero no solo el olor a frito aviva los sentidos de la feria.

A tan solo unos pasos, el humo de las parrillas desprende el aroma a chorizo y bondiola. Una mujer vende elementos de limpieza envasados en botellas de gaseosa y una adolescente prende un sahumerio de lavanda que se mezcla con una imitación del One million de Paco Rabanne.

 

El descampado

A tan sólo unos pasos de la Avenida Donato Álvarez, pasando por detrás de los puestos y saltando algunos charcos de agua de la lluvia acumulada en la semana, hay otra cara de la feria: el descampado.

Allí no hay media sombra. Vendedores y compradores están a pleno rayo del sol, o bajo la lluvia, dependiendo la ocasión. La mayoría de los puestos están montados sobre mantas en el suelo o bolsas de consorcio que flamean ante la mínima brisa al ritmo de Mala Fama.

Mario tiene alrededor de 25 años y es de Varela. En la feria lo conocen por el “Negro”. Tiene los dedos engrasados y una camiseta de la selección de Francia Los sábados son el único día de la semana que se levanta temprano. “A las 9 para venir a la feria”, dice. Sobre un mantel colorido tiene su mercancía: baterías de celulares viejas, ruedas de carros de bebé y una pila de juguetes rotos.

—Vo’ ve’ como ‘ta la situación, el paí’ se cae a pedazos y si vo’ tené’ un pibe tené’ que arreglártela’ igual—acomoda su gorra que apunta hacia atrás y saca la lengua jugando con un piercing fluorescente—.  ¿Un juguete roto?—continúa—, vení’ a la feria y “PUM”, le encontrá’ repuesto.

Mira hacia su alrededor y señala uno por uno los puestos. Tiene la voz ronca e intenta aclararla sin éxito—¿Ve´ ese que ta’aí? Bueno, vive de todo lo que encuentra en la calle. Acá no se desperdicia nada, papá.

Aspira sus mocos constantemente hasta que alguien pasa y le da un pañuelo. Una brisa de viento se levanta entre la calma y desparrama el aire húmedo y caliente. También algunas bolsas de basura. Es que, el descampado, los días de semana es utilizado como basural. Por lo que gran parte de los puestos están organizados alrededor de una gran montaña de residuos. Esto, a Mario, no parece sorprenderle.

—Mientra’ peor tá el paí’ má’ gente viene a Solano. No sólo a comprar. Yo te diría que, má’ que nada, vienen a vender.

Por otro lado, Mario se muestra enojado por cómo ve a la feria el grueso de la población porteña.

—Siempre viene algún gil con cámara a juzgar lo que somo’. Pero claaaaaaaaro, lo’ tipo’ no tienen necesidades. ¿Qué van a entender esos careta’ lo que sinifica Solano?

 

 

El librero

Un perro pasa corriendo en busca de un pollo recién nacido que vende una nena en una caja. Un hombre mayor pisa sin querer uno de los puestos y una moto azul pasa a toda velocidad. “La puta que te parió” le gritan.

Eduardo ve todo desde su local de libros, armado sobre unos caballetes. Tiene 65 años y lleva puesta una gorra del Correo Argentino, que deja salir hacia los costados sus pelos enrulados, como si fueran alas. Sus ojos azules reflejan el sol a la perfección. Recuerda, como si fuera ayer, el día que empezó a trabajar. Tenía tan solo 12 años y lavaba papas para la verdulería de sus padres.

—Yo estoy educado en la cultura del trabajo. Nunca nadie me regaló nada y cada vez que me caí me levanté.

Heredó el negocio y se interesó en la venta de todo tipo de productos, hasta que llegó a tener un mercado junto a su mujer. Carnicería, artículos de bazar y panadería.

—Hoy en día tengo una camioneta y me puedo dar algunos lujitos. Lo único que me interesa es poder llegar a fin de año y tener algún ahorro para las vacaciones en familia.

Hace algunos años le apasionó el negocio de los libros. Junto a su hijo Hernán, de 25, lleva la mercadería y arma su puesto con un toldo azul para zafar del sol.  Los consigue a un precio menor del que acostumbra el mercado editorial, razón por la que no ve necesaria una exageración en sus precios.

—Yo vendo libros porque me gusta ayudar a la gente, consigo algunos usados y otros no tanto—pasa suavemente la mano por encima de su mercancía y agarra uno de ellos: Rayuela de Julio Cortázar—¿Sabés cuanto sale este en una librería? 250 mangos. Acá, por 75, te lo llevás y ganamos los dos.

—El tema es que hay editoriales que se cagan en la gente. Clarín, Planeta, Alfaguara. Se compran a los escritores más leídos y encima los agrandan. Y bueno, si vos sos pobre no tenés chances de leer y educarte.

Desde que descubrió los libros se volvió autodidacta y entendió que la educación de sus hijos es lo más importante:

—Yo no terminé ni el secundario, eh. Y ahora se de leyes, de psicología y hasta te puedo decir que los piqueteros defendían sus derechos.

No solo vive de lo que vende en la feria. Tiene clientes fijos a los que les arma pedidos especiales. Desde estudiantes que están por recibirse y necesitan libros puntuales, hasta cajas enteras para gente que se encarga de la educación en cárceles.

—Lo que se vende mucho, también, son los libros técnicos. Hay libros para plomeros, gasistas, o gente que simplemente quiere arreglar sus cosas.

Medita un momento. Se saca la gorra y aplasta los pelos antes de volver a ponerla. Desabrocha el último botón de una camisa a cuadros y sigue:

—Acá uno viene con la mejor intención. Pero todo el tiempo te encontrás con chorros. Es que, lamentablemente acá la droga corre mucho. Se nota en las caras, en los dientes ¿Sabés? —Sus ojos recuerdan todo lo visto a lo largo del tiempo y su mirada se vuelve fría. Lo que antes lo decía entre risas de complicidad ahora son sentimientos escupidos con bronca—.La feria la gente la usa para zafar y cada uno lo hace como puede, pero todo esto es culpa de los políticos, de todos. Y encima la policía está volviendo a ser lo que era en los ‘90. Te piden documento. ¿Ah, no tenés? Te cagan a palos.

 

Nerea

El sol llega al mediodía en su máximo esplendor, pega fuerte sobre los rostros y nucas hasta ponerlas coloradas. Llegando a la calle San Martín, a unas 20 cuadras del comienzo de la feria, hay una estación de servicio Axion. Allí espera Nerea.

Tiene los labios pintados de rojo y come un chupetín. Recién sale de su trabajo como recepcionista y se queja de trabajar los sábados. También de sus 7 kilos de más por culpa de estar sentada atendiendo teléfonos, razón por lo que debió cambiar su alimentación.

Cuando camina menea sus caderas sin mesura y acomoda su pelo constantemente. Se queja del humo del choripán y sopla fuerte para espantarlo.

Pero no lo logra.

—No hay nada peor que la feria de Solano—dice mientras muerde su labio inferior.

Nerea hace primario y secundario en el mismo colegio católico: San Juan Bautista. A los seis años recuerda tener su primer Barbie, la que tiró al arroyo después de una pelea con su mamá. A los quince puede elegir entre hacer la fiesta o irse a Disney. Elige la fiesta.

Desde que tiene memoria que vive a seis cuadras de la feria

—Antes, en el 2011 ponele, los puestos llegaron hasta acá—dice señalando la estación de servicio—, era muy notoria la diferencia. Allá estaba la feria y acá empezaba la civilización.

Es que recién la Avenida San Martín es la primera en cruzar la feria. Sólo 5 calles principales cruzan San Francisco de Solano y tres de ellas están tapadas por la feria.

—Los puestos que llegaron el último tiempo tuvieron que ponerse en la vereda porque no podían seguir estorbando el tránsito.

Un pasillo irregular se arma en la vereda ancha de una zona de negocios. Cinco televisores, todos distintos, uno al lado del otro sintonizan Pasión de Sábado. Al mismo tiempo, en una rockola vieja suena “Como cambiaste” del Pepo.

Las heladeras portátiles ya no resisten el calor del sol, por lo que los vendedores aprovechan las promociones para sacárselas de encima: 2 gaseosas por 20 pesos. Nerea camina en puntas de pie, con su cartera apoyada en su vientre y sus dos manos cubriéndola.

El pasado mes de mayo la Policía Bonaerense desalojó aquella parte. Pero la resistencia lograda por los manteros consiguió la permanencia.

—Estos últimos meses es increíble cómo ha crecido la feria. Ahora llega hasta el Arroyo de las Piedras, que queda a unas cinco cuadras de acá—en ese momento se le cae el chupetín y larga una carcajada que desparrama saliva—, pero ahora sigue. El arroyo también es parte de la feria.

El arroyo

Un hombre de unos 50 años y pelos largos rubios sostiene una empanada frita en su mano derecha. Se agacha y la apoya  sobre una campera de cuero que está en el piso. Un hombre se acerca a mirarla. Un cartel de cartón escrito en fibra negra dice “La campera de Rodrigo Bueno $700”.

El abrigo es verde, de mangas rojas, y está gastado por donde se mire.

—¿De dónde la sacaste la campera?

—Y…del lugar del accidente.

—¿Estuviste ahí?

—No, pero…

—¿Pero?

—Bienvenido al Arroyo, viejo.

No menos de cinco cuadras bordean el arroyo de ambos lados. Los vecinos que viven enfrente aprovechan para hacerse unos pesos. Es casi una venta de garaje, donde el único patrón en común de sus productos es el desuso. Documentos antiguos, fotos del viaje un viaje de egresados, soldaduras y, por supuesto, comida.

Aquí ya no hay olor a fritura. El centro de Solano está lejos y la feria se tiñe de barrio. Los vecinos caminan a la par de una pareja joven que se detiene en un puente metálico para observar el arroyo. Sin embargo no sólo encuentran agua. También encuentran mugre.

El Arroyo de las piedras no sólo es famoso por sus cuadras de feria. A tan solo unos kilómetros de allí, más precisamente en la zona de Quilmes, encontraron ocho cuerpos.

—Es un reflejo de cómo está la zona. Pasó a unos kilómetros, pero podría haber pasado acá—comenta Sonia, una vecina del lugar de unos cuarenta años. Con una mano tapa el sol y con la otra sigue la corriente—, Acá Solano es una cosa, pero vos te metés un par de cuadras para adentro y escuchas tiros apenas oscurece.

—Mucha gente se queja de que acá venden cosas robadas. Yo la verdad no lo sé. Tampoco me importa. Cada uno se gana la vida como puede.

Chau, Carlos

El  mediodía empieza a ser un recuerdo en las agujas del reloj que giran con ligereza. Algunos compran cerveza en el kiosco del barrio para festejar un día de buenas ventas. Camisetas de distintos clubes de futbol, tanto de conurbano como de capital se pasean por Solano: los fines de semana son de feria y cancha.

—No hay un horario estimado para que se levanten los puestos—dice Gloria mientras toma mates junto a su marido. Ya tranquila, guarda la ropa en cajas—,hay momentos en que la feria se estanca y no te queda otra más que irte.

—Algunos aprovechan el sábado para irse a ferias más chicas y seguir juntando el mango. Otros nos vamos a disfrutar una tarde de descanso.

Mira su reloj y son las dos de la tarde. A unos metros un hombre tira agua en las brasas de su parrilla. Una gran cantidad de autos se acerca a las inmediaciones de la feria para ir despoblándola de a poco.

Lo que si suena fuerte ahora es la cumbia.

Carlos da una última relojeada con la mirada. Muerde una espiga de trigo que en otro momento del día hubiera sido alimento para sus pájaros. Se vuelve con un par de gallinas menos. Tira las jaulas en la caja de su camioneta y la pone en marcha.  El sol pega duro y parejo sobre su boina y él, desea, fervientemente, llegar al encuentro con su china.

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