43 años de la Masacre de Pasco: crónica del terror

A 43 años de uno de los hechos más violentos de la historia de Lomas de Zamora, la Masacre de Pasco es recordada como la antesala de lo que sería la dictadura militar más asesina de la historia del país. Organizada por la Triple A de López Rega, se secuestró a 9 militantes, que fueron fusilados y posteriormente dinamitados.

Había sido un día normal en el entonces dividido Concejo Deliberante de Lomas de Zamora. Héctor Lencina, presidente del bloque de la Juventud Peronista, se retiró del recinto junto a su colega Hugo Sandoval. Esa noche jugaba Independiente por la Copa Libertadores de América y siempre era un buen motivo para juntarse a verlo entre amigos.
– “Vas a venir a ver el partido, ¿no negro?”, preguntó Lencina.
– “No te prometo nada, pero si puedo, voy”, respondió Sandoval.
Ninguno de los dos sospechaba siquiera, que esa noche sería una noche trágica, que no se olvidaría jamás en las calles del distrito. Sandoval, por temas personales, no pudo ir a cenar con Héctor y su familia. “De milagro no fui”, afirma a 43 años de aquel día.
A las 21.30 de ese 21 de marzo de 1975, en el departamento de los Lencina, se encontraban Héctor, su hijo Alejandro, su cuñada Cristina Rapari, y Aníbal Benítez, el cafetero del Concejo Deliberante con su esposa. El departamento quedaba en el fondo de un bar llamado “El Recreo”. En ese momento, se escucharon ráfagas de disparos y gritos en el bar. Si bien en un principio, todos en el departamento pensaron que podía tratarse de una disputa de borrachos, al ver personas encapuchadas y con armas por el pasillo que llevaba hasta donde se encontraban viendo el partido, descubrieron que se trataba de un operativo armado.
Eran cerca de 15 autos Ford Falcon y Torino, que habían bloqueado la esquina y se habían dirigido directo a la casa de Lencina, que además de ser concejal, militaba en la agrupación Montoneros, y ya había recibido varias amenazas de muerte. A la primera que agarraron fue a Cristina Rapari, a quien confundieron con su hermana Coca (la esposa de Lencina). Segundos después uno de los encapuchados notó que ella no era a quien buscaban, por lo que se vislumbra que los encapuchados se tapaban la cara porque conocían a las víctimas.
El concejal y presidente del bloque de la Juventud Peronista de Lomas logró escapar por el techo de la vivienda, pero cuando estaba fugándose, los secuestradores agarraron a su hijo Alejandro. “Tenemos a tu pibe, si no bajas, te lo matamos”, gritó un secuestrador, según recuerda Alejandro que apenas tenía 4 años. Con la vida de su hijo en riesgo, Lencina decide bajar del techo y entregarse.
Del departamento de Héctor, que quedaba en la calle Donato Alvarez 47, los captores se llevaron dentro de un Fálcon a Aníbal Benítez y a Lencina. Antes de abandonar el lugar, los secuestradores robaron algunos objetos de valor y luego incendiaron la vivienda.
El recorrido de la patota continuó a tan sólo dos cuadras de allí, en la avenida Pasco al 4600 donde vivía la vicepresidenta del Concejo, Irma Santa Cruz. La metodología fue la misma: entraron por la fuerza destruyendo objetos y descubrieron que la concejal no se encontraba en su domicilio, pero sí estaba Héctor Flores, su secretario, a quien se llevan secuestrado.
“Eran todos operativos muy bien armados por la triple A que manejaba López Rega. En esa época, quienes estábamos en la tendencia revolucionaria íbamos perdiendo un compañero cada 8 horas, y es un error decir que la Masacre de Pasco fue una disputa interna del peronismo, fue la Triple A que quería eliminar al justicialismo”, afirma Hugo Sandoval, concejal junto a Héctor Lencina.
Luego de pasar por la casa de Irma Santa Cruz, los captores ingresaron en la propiedad de al lado, que era la Unidad Básica “22 de Agosto”, y tras no encontrar a nadie, vaciaron el lugar y continuaron su recorrido. Hubo varios vecinos que observaron los ataques, pero fueron obligados por los hombres armados a ingresar a sus domicilios y permanecer dentro mientras el operativo era llevado a cabo.
La siguiente parada de los secuestradores fue la casa de los Gómez, ubicada entre las calles Lules y el Hornero, donde se había organizado un asado para ver el partido. Se juntaron Pedro Maguna, Germán Gómez y los hermanos Alfredo y Rubén Díaz. Del mismo modo violento ingresaron por la fuerza y los llevaron. Los hermanos Alfredo y Rubén Díaz, militaban en la Unión de Estudiantes Secundarios de Lomas de Zamora, mientras que Gómez y Maguna participaban en algunas reuniones políticas de la Juventud Peronista.
La ola de secuestros culmina en el barrio San José, más precisamente en la calle Amenedo al 900. Era la casa de Guillermo Caferatta, que era maestro mayor de obra y vivía con su mujer Gladys Martínez de 21 años. En el intento de ingresar a la vivienda, Gladys enfrentó a los secuestradores, pero la ametrallaron quitándole la vida, y dejaron su cuerpo en la cama. Luego ingresaron y se llevaron a Caferatta.
“Un vecino pudo reconocer en esa noche que había personas armadas con uniforme militar, y fusiles FAL de los que utilizaban en el ejército. Esto es llamativo porque marca cómo los militares, un año antes del golpe de Estado, comenzaban a aparecer en este tipo de operaciones”, señala Alejandro Lencina, hijo del concejal secuestrado.
El recorrido tendría un final trágico y premeditado por los captores: fusilar a los militantes secuestrados. El lugar elegido fue un terreno baldío en el barrio de Mármol, ubicado en la esquina de las calles Sánchez y Santiago del Estero.
Para evitar testigos, la policía cercó el lugar, y se les informó a los vecinos que no debían salir de sus domicilios porque estaban persiguiendo a unos delincuentes en auto, y los iban a desviar para que pasaran por allí y encerrarlos.
Pasadas las 22 horas, la caravana de autos llegó al lugar indicado, y obligó a los militantes a descender de los vehículos. Las víctimas estaban vendadas y con las manos atadas, y fueron puestas contra un paredón. Varios vecinos recuerdan haber escuchado gritos de “viva la patria” y “vivan los montoneros”, segundos antes de que empiecen los disparos.
Se escucharon ráfagas de ametralladoras durante un minuto, y los gritos se silenciaron en un hecho que marcaría a ese barrio para siempre. Pero el accionar de los agresores no terminaría con el fusilamiento, sino que la Masacre de Pasco tuvo una particularidad: luego de matarlos, apilaron los cuerpos contra el paredón y los dinamitaron no una, sino dos veces.
Una vez detonados los cuerpos, los asesinos terminaron su tarea colocando una bandera sobre los restos, quizás para asustar a los vecinos, o como modo de advertencia hacia otros militantes. La bandera de unos dos metros de largo tenía una inscripción que decía: “fuimos Montoneros, fuimos del ERP”.
Varios minutos después del fusilamiento, cuando los autos se retiraron del lugar, algunos vecinos salieron de sus casas para observar qué había ocurrido. La imagen con la que se encontraron fue terrible. Restos de cuerpos en los techos, en la calle, incluso dentro de algunas viviendas.
“Cuando me enteré lo que les habían hecho a los compañeros no lo podía creer, sobre todo por Héctor, que no sólo era mi compañero de militancia, sino que nos conocíamos de chicos, habíamos ido al colegio juntos, y compartíamos todo. Yo me salvé de milagro”, señala casi entre lágrimas, el ex concejal Hugo Sandoval.
Al otro día por la mañana, avisados por los vecinos, los primeros en llegar al lugar fueron varios periodistas de distintos medios, que arribaron cerca de las 8 de la mañana, y tomaron fotografías y algunos testimonios, que fueron muy pocos debido a que los vecinos no querían hablar por el miedo que les provocaba lo que había sucedido.
La policía llegó al lugar recién pasadas las 10 de la mañana, y se limitó a vallar el lugar y retirar los cuerpos, sin dar ningún tipo de explicación a los vecinos atemorizados. “Fue desastroso que la policía haya llegado al lugar tan tarde, y sin hacerse cargo de nada”, resalta Alejandro Lencina.
La Masacre de Pasco fue la antesala de lo que sucedería un año después, a partir del golpe de Estado de 1976. Como también sucedió en otras “masacres” que se dieron en esa época en todo el país, marca el desprecio por la vida, y la violencia con la que las autoridades se manejaban en esa época.
Hoy, a 43 años de uno de los hechos más violentos y lamentables de la historia de Lomas de Zamora, los Mártires de Pasco son recordados por su valentía de lucha y militancia frente a un gobierno (como lo era el de María Estela Martínez de Perón y López Rega) que los perseguía y asesinaba, y que allanó el camino para que, aquel recordado 24 de marzo de 1976, llegue al poder la dictadura militar más dura y sanguinaria en la historia de la República Argentina.

 

La persecución y el miedo continuaron durante el Gobierno militar.

En el año 1978, Alejandro Lencina vivía con sus abuelos, debido a que su madre, Coca Rapari que pertenecía a la agrupación Montoneros, se encontraba en la clandestinidad. Ese año, en el dia del padre, decidieron encontrarse en el cementerio donde estaba enterrado Héctor Lencina, pero esa información le llego a los militares que armaron un operativo para secuestrar a Coca. Como no lo consiguieron, se llevaron detenido a Alejandro y a su primo que lo acompañaba.
“Mi madre se dio cuenta del operativo y se alejó del lugar, por lo que nos secuestraron a nosotros, y nos tuvieron dos días detenidos en un centro clandestino”, afirmó Alejando Lencina.
Posterior al secuestro de los dos menores, los captores se encargaron de desterrar el cuerpo del ex concejal Lencina y lo tiraron en una fosa donde se depositaban los “NN”. Recién en el año 1983, con el regreso de la democracia, pudieron encontrar el cuerpo y colocarlo en un cajón con su nombre. “Pudimos recuperar a los restos de mi padre gracias a un cuidador del cementerio que vio donde lo habían arrojado, y una vez recuperada la democracia, se comunicó con nosotros y nos enseñó donde estaba el cuerpo”, resaltó Alejandro.

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